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"Cuando escuchas en disco una obra como Himalaya (Les petites coses, 2009), el recientemente publicado cuarto disco ‘oficial’ de los catalanes Anímic (tienen algunas referencias más), y degustas sus preciosistas arreglos, sus melodías místicas y su carga emocional, se hace difícil pensar que todo ello pueda ser llevado con éxito al directo. Después de en medio de un bosque encantado, seguramente la sala Apolo sea el mejor sitio para lograr tal empresa: ambiente íntimo con sillas, luces tenues, proyecciones, una acústica buena y el grupo en el escenario rodeado de plantas y flores, en los altavoces, en los micros, en todas partes. Naturaleza de la que bebieron los temas de Himalaya a la hora de ser compuestos (el grupo vive en en El Bruc, en la comarca de L’Anoia) pero también ayer para sonar con toda la delicadeza, precisión y sentimiento que requerían. Era una noche muy especial, no se cansaron de repetirlo, y fue una noche muy especial. Dedicatorias, muestras de cariño, hasta lágrimas… hubo de todo, y se colmaron todas las expectativas puestas en una de las bandas más creativas, artísticas e inspiradas del panorama estatal actual (y eso que cantan tanto en catalán como en inglés).
Acompañados en el escenario por un séquito de amigos y músicos colaboradores (Maria Rodés de Oniric, Joan Pons de El Petit de cal Eril, Ricky Faulkner) y por unas proyecciones (la mayoría en tiempo real) que contribuían a aumentar la magia de la música, las canciones de Anímic fueron desenvolviéndose con naturalidad, con la precisión milimétrica que una noche como la de ayer requería, y con momentos sublimes como la excelsa ‘Kent Forest‘, ‘Les fulles fan d’ocell‘ o ‘La Cabanya‘, cantada a dúo con todos los colaboradores y el público. Su folk ensoñador ayer subió algunos peldaños de golpe, aunando contenido y continente, recogiendo, como afirmaba emocionada su cantante Louise antes de presentar ‘Apple Seeds‘, las semillas que llevaban siete años sembrando con paciencia, tesón y esfuerzo. Ayer todo encajó, la música impregnó de misticismo la sala y los presentes, y todo el mundo salió un poquito más lleno de lo que había entrado. Ahora ya sólo falta verlos tocando en medio de un bosque…" (Indiespot, sep. 09)
"Sí, aceptamos subir al Himalaya junto a Anímic. Era una propuesta interesante y sabíamos que ellos mismos nos facilitarían tener un viaje tranquilo, agradable y lleno de matices para que la cuesta arriba fuera lo menos cansada posible. Entre las plantas, las flores, los animales que invadían el escenario y las voces de los coros de la primera canción, la que abre su último disco y la que da título al mismo, Himalaya (Les petites coses / Error lo-fi, 2009), nos hipnotizaron. Parte de la culpa también la tuvieron los montajes visuales de Genís Rigol, que llenaban la Sala Apolo con bonitos paisajes y pasajes. Y el concierto de Anímic fue, realmente, como subir una cuesta; quizás, por qué no, la del Himalaya, sin el esfuerzo que esto implicaría. Ellos se quedaron en la cima de la montaña mientras nosotros, los allí presentes, fuimos bajando hasta llegar al final del concierto, donde ellos seguían ahí celebrando el disco, celebrando su amistad, celebrando su existencia como grupo, celebrando esa noche en que hubo momento para todo: para cantar, emocionarse y llegar a emocionarnos quienes habíamos aceptado tal invitación. Por el camino se les unieron amigos; es que el concierto de Anímic fue eso, un concierto de amigos para amigos, familiares y seguidores de la banda, y por qué no, curiosos que se acercaron esa noche, y que seguro salieron de la sala con la misma sensación que los otros, con la sensación de una bonita excursión, sin cansarse, sin ampollas, satisfechos y sin necesidad de hacer otra cosa esa noche que regresar a casa, tumbarse en el sofá y recordar cada momento de lo visto y escuchado. Y fue en La cabanya donde realmente todos fuimos amigos, donde todos fuimos Anímic, pidiéndonos que recuperásemos la hoja doblada en forma de librito que nos habían dejado en las sillas, donde estaba la letra de la canción. Los amigos invitados a compartir alguna canción con ellos fueron José Juan González (Espaldamaceta), Joan Pons (El Petit de Cal Eril), Maria Rodés (Oníric), Genís Navarro, Jordi Matas, Núria Maymou y Gonçal Planas (Sanpedro). Si me hacen elegir un momento de la noche me quedo con el recuerdo de Les fulles fan d’ocells, donde por mi cabeza pasó aquel concierto de Sufjan Stevens en el Casino de l’Aliança de Poble Nou. Y no les comparo con él, no -aunque quizás tampoco iría mal encaminado, pero las comparaciones son odiosas al menos para uno de los comparados-, así que me limité a dejar que mi mente me llevara a pensar en ese momento donde en el lugar sólo había espacio para la música y para nada más. Hablar de Ferran y de Louise como futuros padres sería caer en una vía fácil para describir algún momento del concierto. Pero quizás sí que fuera por eso por lo que, sin quererlo ni beberlo, el concierto tuvo, en algún momento, aires paternales, de esperanza, de ilusión, de luz… Aunque dudo mucho que sea sólo fruto de esta circunstancia; como grupo, después de ese concierto, aparte de más reconocimiento -y no sólo nacional-, no les falta ya nada. Con lo cual no sólo hay que destacar a Ferran y a Louise. No podemos pasar por alto nombrar también a Juanjo Montañés, Roger Palacín, Núria Monés, Miquel Plana y Genís Rigol. Apple seeds le sirvió a Louise para agradecer a sus compañeros de viaje todos estos años, porque esa noche volvían a recoger aquello sembrado durante todo este tiempo.
Para dar salida hasta la cima del Himalaya nos acompañaron las canciones de Espaldamaceta, que no pudo disimular lo contento que estaba de abrir ese concierto ni lo mucho que le gustaba el nuevo disco de Anímic; a los cuales, en forma de homenaje y de agradecimiento por haber sido él el elegido, les ofreció una versión de La cabanya. También se atrevió a versionar a Los Planetas, a Leonard Cohen y a Manel, estos últimos presentes entre el público. (altafidelidad.org, sep. 09)
"Canciones dulces y sentidas como la poética Les fulles fan d'ocells que consigue ponerte la piel de gallina o la propia Himalaya, que te transporta. Un espectáculo con música, imágenes y emociones con invitados para un concierto especial antes de que Louise sea mamá y eso, les obligue a hacer un pequeño parón musical. Espaldamaceta abrió la noche, con su guitarra y sus canciones íntimas. Lo cierto es que en las distancias cortas gana, en sitios más grandes como la Sala Apolo Espaldamaceta pierde fuelle. Resulta difícil creerse su discurso, no entra suavemente como sí hace la música de Anímic. Se nota más la diferencia cuando Anímic se suben al escenario. Estos seis músicos que conviven bajo un mismo techo y cuya música se convierte en un ser vivo que Louise y Ferran hacen crecer y brotar de sus mentes traviesas. Fue una noche especial, con invitados como Maria Rodés de Oniric o Ricky Falkner, entre otros, y con imágenes a tiempo real acompañando la música, narrando historias. Un concierto, espectáculo, reunión de amigos llena de calidez, donde pudimos ver a una Louise embarazadísima, llena de emociones que la embargaban y que dejó que salieran de ella a través de su dulce y maravillosa voz. Las canciones redondas de Himalaya transportan a la montaña, al exterior, donde todo es sensaciones y música, como si nos contarán un cuento, nos relataran una historia mientras nos sentamos a disfrutar, mientras con su música nos miman y nos hacen sentir. Por que de eso se trata, de sentir. Este disco viene a demostrar lo que estos músicos son, unos artesanos de la música y las letras, una conjunción de talentos que discurre suavemente como fluyen los ríos, como sopla el viento o se agitan las olas. Y eso se nota en sus directos, en los que fluyen todos como un todo. Un directo especial de unos músicos modestos, que se quieren, que se miman entre ellos y que miman a su público, que los mecen en sus melodías y los hipnotizan hasta que caen rendidos dulcemente, como tiene que ser, como hicimos todos aquella noche en el Apolo." (metronomemusic.net, sep. 09)
"Todo estaba predispuesto para que fuera una noche especial… y así fue. Se podía palpar sobre el escenario ya mientras Espaldamaceta desgranaba su cancionero sangrante en medio de una flora y fauna muerta pero reluciente: plantas de plástico y animales disecados formaban un perfecto atrezzo bajo la pantalla dispuesta a ser abordada por los visuales de Anímic. Tras un dueto entre Espaldamaceta y Maria Rodés poniendo la banderilla conquistadora en las tierras de Leonard Cohen, era la hora de dar paso al main act. Y nunca mejor dicho, porque sólo de “main” se podían tildar las intenciones y los resultados obtenidos sobre el escenario de la sala Apolo el pasado viernes 4 de septiembre. Ya desde que salieron al escenario, Louise instauró las bases del juego: los músicos irían entrando y saliendo, pero ninguno sería presentado. Los créditos, al final. Entre medias: puro arte. Porque no hay otra forma de describir lo que pasó el viernes. Las canciones del último álbum de la banda, Himalaya, se sucedieron una detrás de la otra en el mismo órden que en el disco. Pero que nadie piense que aquí había exceso de cálculo: Anímic consiguieron que, partiendo de un orden conocido, todo fuera nuevo para el público que se aglutinaba maravillado a las faldas del escenario, como niños asistiendo a su primer espectáculo de marionetas. Gran parte de la magia se debía a unos visuales recreados en directo, marvillosos en sus imperfecciones, totalmente envolventes y trenzados a la perfección con lo que las canciones narraban (especialmente en casos realmente preciosos como El curandero o La mort i el riu). Las canciones, además, se acercaban o se alejaban a sus versiones del álbum dependiendo de la intención de la banda: temas como Marbre i Or se interpretaron al pie de la letra, sin alterar ni un ápice de emoción, mientras que otras veían elevar varios grados centígrados su calor interno para llegar a los sanos límites de celebración red neck (Àcid nitric) o para proporcionar crecendos impresionantes (Les fulles fan d’ocell). Sólo hacia el final se alteró el tracklist de Himalaya, ya fuera para incorporar antiguas y necesarias canciones (Apple seeds) o para casi casi cerrar el concierto con La Cabanya y toda la parafernalia que montaron con el mayor de los cariños (al entrar en la sala, sobre las sillas podías encontrar un panfleto desplegable en el que, además de una dedicatoria preciosa de la banda y varias ilustraciones, podías encontrar la letra de esta canción, dispuesta para ser coreada en el momento de su ejecución). Musicalmente hablando, los niveles alcancados fueron de órdago. Y más teniendo en cuenta que, dependiendo la canción, habían más de diez personas sobre el escenario. Se notaba detrás del sonido del concierto del viernes no sólo un conjunto poderoso de ensayos, sino una química incontestable entre los miembros de la banda y periferias. Tal y como prometieron, por el escenario circularon Maria Rodés (Oniric), Joan Pons (El petit de Cal Eril), Ricky Falkner (Standstill) e incluso el mismo Espaldamaceta… Pero en ningún momento se notó ni una pizca de desincronización a la hora de desplegar los temas sobre el público como una suave lluvia de septiembre. Por encima de todos, Louise como una de las más entrañables maestra de ceremonias que podamos recordar, aglutinando a su alrededor todo un conjunto de músicos que funcionaron al milímetro sin perder de vista la emoción de lo que estaban creando. La actuación de Anímic el pasado viernes fue, de nuevo, la prueba de que la escena musical patria empieza a emerger a borbotones, con una fuerza imparable. En el caso de echar algo a faltar, sería una mayor implicación del público: más “porromporrompopopóm” cuando los pedían. Aunque lo cierto es que ver la sala llena, tal y como están las cosas, ya daba a entender puede que no una implicación, pero sí una entrega absoluta. Si te lo perdiste, no fue porque no te avisamos. Dijimos que sería uno de los conciertos del año, y así fue. Una velada para el recuerdo tanto en lo emotivo como en lo musical." (music4girls.com, sep. 09)
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