A contraluz, luces y sombras forman tus perfiles, se difuminan, unas se sujetan a la delgada línea que separa las luces, otras se desvanecen en los espacios...te encuentro entre las hojas casi antiguas de una carta casi vieja...de aquellas que nunca se volvieron a recibir como si el buzón se hubiera quedado sin vida. Desconecto los horarios, dejo que el mundo se caiga tras esa puerta, y te busco en las cajas, en las carpetas, en los apuntes, en las canciones de aquella edad y como masoquista pongo y repongo esas canciones, leo y releo tus cartas, me nostalgio, me melancolizo, destapo el tarro de las ausencias en la certeza de que estarás allí, con tu mirada azul, con tus luces y tus sombras, con los kilómetros de por medio desvalijándome la memoria, cubriéndome de escarcha y hojas secas, sabiendo que no soy el mismo que conociste y que el tiempo hizo que te desconociera. Pero tu imagen avanza en esa fotografía, me alcanza, cierro los ojos y te arranco a la tercera dimensión. Ahora sé que tus ojos en aquella instantánea miraban el objetivo y se sentían ridículos al buscarme en el frío cristal del zoom, y agachabas la cabeza en la vergüenza de asumir que me echabas tanto de menos que acabarías por olvidarme, y sé que tus pies estaban descalzos absorbiendo el escaso frío del suelo para refrigerar el cuerpo, ardiente por ser agosto, por ser interior, por tenerme lejos y no saciar la sed, que éramos jóvenes y no sabíamos de esas cosas, que éramos jóvenes y había tanto por hacer que la distancia se encargó de separarnos, pero miro, sigo mirando, te observo, encajo las piezas, llevas la pulsera que te di, deshilachada, descolorida, pero te roza, como yo no lo hago, y esta ahí, junto a tu mano delgada, como no estoy yo, y tus brazos surgen como ramas y no me acogen, y tu cuello y tu cara y tu boca. Me descuelgo, me desprendo, me cuelo en tu habitación como nunca lo hice y descubro mis cartas junto a tu cama, papeles con mi nombre y garabatos, mi foto en tu mesita, y me observo, me miro, y me descubro con la mirada enrojecida de haber estado pensando en ti, con las cartas desordenadas, con diez años menos, con piedras en la manos para ir a tu ventana y hacer que salgas, con monedas en los bolsillos y una cita en la cabina para decirte que en Octubre nos veremos, pero nunca fuiste a la cita, y yo no te esperé porque sabía que no vendrías.
Pasaron cuatro octubres, pasaron otros labios, otros vientos, pasaron mudanzas y pasaste un día casualmente, fugazmente, para descubrir que la distancia nos separó pero fuimos nosotros quienes nos olvidamos.
Los caminos nunca se pierden, siempre hay una manera de llegar, pero el tiempo nunca vuelve y a veces pienso que eres tiempo, y nunca volverás, pero otras veces, miro tu fotografía y parece que nunca faltaste a tu cita.