Hace
mucho tiempo, antes de que los animales hablaran, existía en un lugar remoto ya
perdido un bosque encantado por una bruja, donde los
árboles sentían y podían comunicarse con la naturaleza sin necesidad de articular palabra.
Allí, entre frondosa floresta y árboles
centenarios, había dejado de crecer un pequeño árbol.
Endeble y a la sombra de sus mayores,
pasaba los días anhelando ser como uno de aquellos árboles de copas altas
voluminosas; Soñaba con poder llegar a ocultar la luz del sol con sus hojas y
rozar las nubes con la punta de sus ramas, algún día.
Los árboles mayores, que presumían constantemente de lo magníficos que eran,
despertaban la admiración en el pequeño
árbol, y cuando el bosque dormitaba, este sentía un hondo pesar en el interior más profundo de su corteza. Entonces se preguntaba por qué él no había
nacido como los demás, porqué debía estar siempre a la sombra admirando desde abajo la magnificencia de cuantos le rodeaban.
Era pequeño e insignificante a la vista
de todos y deseaba muy a menudo poder marchitarse por completo.
Así pasó largo tiempo.
Los días fueron dejando pasó a los
meses; Los meses abrieron puertas a los años. Y las estaciones que transmutaban
la vida y la muerte con admirable lirica, rozaron al bosque con su manto.
El cuerpo del árbol famélico, en sus
tristezas e inseguridades, se fue contorsionando y ennegreciendo lentamente.
Una ténue tarde de otoño, oyó a lo
lejos el pisar de algo que atravesaba el bosque entre ruidos. Sabía que no eran pasos de animales comunes,
pues ellos solían venir más sigilosos y no emitían ese tipo de lenguaje
terrible.
Era extraño para él, pues nadie, a parte
de algunos valientes animales, se habían atrevido a atravesar el bosque
encantado.
–
¿Quiénes serán? –
se preguntó.
De pronto, en un terrible pensamiento, recordó que meses atrás la
manada de un grupo de lobos que solía emigrar hasta los lindes de la montaña pasando
por allí, se había reducido considerablemente.
El joven árbol, curioso por lo ocurrido en aquel entonces,
preguntó al jefe lobo tuerto de la manada qué les había ocurrido. Para su sorpresa, el relato fue escalofriante pues unos seres
altos y extraños, que caminaban a dos patas llevando pieles de sus semejantes,
les habían tendido una emboscada cuando cazaban en la noche. Primero fue el
estruendo y al poco, el dolor en sus cuerpos que sangraban a borbotones; Mataron
e hirieron de gravedad a unos cuantos hermanos de su manada y no pudieron hacer nada, salvo huir.
–
¡Malditos humanos!
– Espetó el lobo jefe.
El arbolillo algo turbado, despertó del
recuerdo y nervioso le comentó su preocupación a los grandes señores del bosque
quienes desde sus alturas no podían oír lo que estaba ocurriendo en las partes
más bajas y lejanas.
El aire trajo olores nuevos; Fragancias
acres y mal olientes que no gustaron a ninguno.
El pequeño árbol sentía el miedo a lo
que podría ocurrirles.
Un grupo de seres extraños que
escondían sus rostros bajo capuchas y máscaras de plástico, se acercaron a los
árboles más grandes.
Caminaban a dos patas y se
resguardaban del frío con pieles de colores extraños, tal cual le había
comentado el rey lobo tiempo atrás.
Algo grande y grave iba a ocurrirles.
Los humanos, pusieron en marcha
extraños artilugios de corte que emitían un ruido atroz y comenzaron a dividir
el tronco de los árboles horizontalmente.
Los árboles gritaban de dolor, mientras
los asesinos continuaban hiriendo sin piedad a aquellos macizos héroes vigorosos.
Todos aquellos que caían, eran arrastrados
y transportados inmediatamente por un gran animal que emitía toxicidad en su
parte trasera.
–
¡¿Por
qué nos hacéis esto?! – gritaba inútilmente el árbol.
Aquellos seres despiadados no eran
animales corrientes. No podían oír la voz del bosque, ni los lamentos de sus
semejantes.
La tortura duró horas que parecieron milenios. El suelo quedó repleto de cortezas y hojas
caídas que acabarían por nutrir el bosque.
Uno de los humanos, se acercó al
árbol que no podía crecer.
–
Has
tenido suerte pequeño – le dijo, acariciando algunas de sus ramas – Cuando
crezcas volveremos a vernos.
–
¡Vamos
Mike! – gritó otro de los hombres cuando ya se iban.
Este primero dio alcance al grupo con
el que había venido y desaparecieron en la lejanía, dejando un reguero de caos,
dolor y tristeza.
Ahora el árbol que no podía crecer,
era el más sobresaliente de todos ellos y en vez de jactarse de su ventaja y
guardarles rencor, decidió resguardarles del frío y alentarles en su desdicha,
ya que él sabía lo que era sentirse
minúsculo y triste al lado de gigantes y desear, sin conseguirlo sueños inalcanzables.
Así pues sin importar lo que hubiera ocurrido todos estaban a la misma altura.
Los arboles que un día se reían del árbol que no podía
crecer por ser pequeño, habían aprendido
una honesta lección.
Nocturnal-Whisper©





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