Cada uno es su sentimiento de la muerte.
E.M. Cioran
Dios, forjado por los mortales a su imagen hipostasiada,
sólo existe para facilitar la vida cotidiana
a pesar del camino que cada cual ha de recorrer hacia la nada.
Michel Onfray
Si nos propusiéramos rendir testimonio sobre el nefando influjo de las religiones en las vidas de los hombres y las mujeres, ejemplos no nos faltarían. La historia de las religiones, en particular la de los monoteísmos, es la historia de un crimen continuo y versátil contra la humanidad. El espectro de ultrajes cometidos en nombre de Dios es espectacular: va desde la misma petición de fe hasta el genocidio, pasando por todo tipo de engaños, abusos, persecuciones, intolerancias, extorsiones, xenofobias, violaciones, supercherías, martirios, complicidades con otras tiranías, campañas de desdoro contra el cuerpo, el placer, el humor y la diferencia. Las religiones han podido erigirse como las principales portadoras de esperanza sólo porque han sido las primeras promotoras del terror. La violencia divina se manifiesta en todas las escalas, desde la doméstica hasta la histórica, pero en todos los casos el núcleo de la atrocidad religiosa es el mismo: la exigencia de Dios a su criatura de sacrificar el ser en persecución de lo improbable. De arrodillarse ante un ridículo tétrico. De dar rienda suelta a sus impulsos de muerte. De practicar la atrofia de sus instintos de conservación. De seguir el protocolo de una neurosis codificada. De rendir tributo a una fantasía oficial, a una inexistencia prestigiosa. De renunciar a la autonomía, pero asumiendo las consecuencias de un capcioso libre albedrío. De cambiar la razón y la sensatez por la obediencia. De renunciar al sentido común en favor del prejuicio común. De renunciar a la responsabilidad en virtud de la culpa. En pocas palabras: de renunciar a una vida plena en aras de una muerte plena. Ésta es la palabra de Dios… la traición de Dios.
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En su Tratado de ateología, Michel Onfray registra que la primera obra filosófica abiertamente atea apareció hasta 1729, con el título de Testamento. Memoria de pensamiento y sentimientos de Jean Melier. Antes de ese sacerdote católico francés hubo, ciertamente, importantes ejercicios de higiene mental, diversas formas de heterodoxia y agnosticismo, malabares deístas y teístas, pero nadie había declarado y argumentado la inexistencia absoluta de Dios. Actualmente, sólo 2% de la población mundial profesa un ateísmo sin cortapisas. No es difícil entender esta cifra. En un mundo donde el 10% más rico de la población concentra más de 50% de la riqueza mundial, y el 50% más pobre junta menos de 10% de esa "riqueza", cualquier atropello moral e intelectual resulta perfectamente lógico. Permítanme un exceso de efectismo: ¿por qué la humanidad ha creído y sigue creyendo en Dios? Por exactamente la misma razón por la que toma Coca-cola, a pesar de la extrema nocividad de este brebaje: porque se anuncia y se vende en absolutamente todos lados, porque es más dulce que cualquier beso y porque es más barata que el agua. Se irá trasluciendo que no soy un ateo templado. Llevo en el corazón un profundo rencor contra Dios y la religión, y además estoy convencido de que ese rencor es uno de los pocos gestos de filantropía auténtica de los que soy capaz, uno de los pocos sentimientos de solidaridad y compasión absolutas que tengo para con la especie humana.
Antes de continuar, quiero hacer dos aclaraciones: la primera, no considero que el ateísmo sea ni una constatación ni un requisito de la inteligencia. No supone ninguna forma de superioridad intelectual, como tampoco el espiritualismo religioso implica ningún género de superioridad moral. En todo caso, el ateísmo es una especie de valentía austera, siempre y cuando se entienda como una premisa y no como una culminación. En segundo lugar, estoy de acuerdo en que es imprescindible censurar a la religión por su irracionalismo, por su incoherencia interna, y por la corrupción de sus administradores y agentes. Es una crítica justa, pero también simplista y, sobre todo, insuficiente. Cualquier intento serio de desterrar a Dios del Reino del hombre nos obliga a identificar aquello que Dios le da a la humanidad, y no sólo lo que le quita, para saber si es posible hallar esas bondades y bellezas en otra parte o si es necesario fabricarlas —como nos fabricamos el cariño, la poesía y el pan de cada día.
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Una de las finezas de Dios es la de asumir y articular las ambivalencias esenciales de la vida humana, en especial aquellas que tienen que ver con nuestra residencia en la tierra y nuestra pertenencia a la especie, es decir, nuestro trato con la realidad y con los otros. Si la realidad nos parece insuficiente y endeble, Dios está ahí para completarla. Si, por el contrario, la encontramos desmesurada e inconmensurable, está ahí Dios para medirla, para contenerla, para explicarla —curiosa manera la que tiene Dios de explicar las cosas: haberlas creado. Dios nos salva del hastío y el vértigo por igual. Sobre cómo Dios nos consuela de la anemia existencial hablaré en otro momento. En este primer ejercicio de ateología me ocuparé sólo de Sus propiedades como antiácido metafísico.
Se repite, incesantemente y por doquier, que los seres humanos perdemos paulatina pero indefectiblemente nuestra capacidad de asombro. Se repite que esto es terrible. A mí me parece que este discurso requiere una sutil pero sustantiva rectificación. No es que perdamos la capacidad de asombro, lo que ocurre es que estandarizamos nuestra capacidad de respuesta ante el asombro, la ajustamos a nuestras expectativas de lo que consideramos real, normal y correcto. Pero nunca dejemos de ser criaturas asombradas. ¿Nos asombra nuestra presencia en el cosmos? ¿Nos asombra la existencia del propio cosmos? Entonces hay Dios.
Nos asombra la habencia1 de la materia en el espacio. Nos asombra el imperio absoluto, universal de la materia, es decir, la existencia de todo lo ente. Nos asombra la materia contagiada de cambio, es decir, la materia arrojada al caudal del tiempo. Nos asombra la materia organizada en islas de entropía negativa, es decir, nos asombra la vida. Nos extraña la materia que se asoma al espejo de sí misma y se reconoce, nos asombra la materia consciente de sí misma, es decir, el alma humana, es decir, la materia organizada en su miedo a la muerte.
Dios es nuestra intimidad con la Nada. Nuestra mente acepta con mayor facilidad —con mayor ilusión, podríamos decir— el instante previo al big-bang, la Nada anterior a la creación, que el repertorio de la creación misma. Nos cuesta aceptar la habencia de los átomos (y sus sucedáneos, las cosas), la presencia de la materia en el orden de lo real. Vaya, no es que la existencia nos parezca inaceptable per se, más bien nos resulta inconcebible la falta de un origen primordial, de un punto cero en la cadena de las causas. Están muy bien la tabla periódica y las galanas combinaciones de sus elementos, están muy bien los cinco reinos, las montañas y los valles, están muy bien las mareas cósmicas y las galaxias. Muy bien. ¿Pero por qué está todo eso ahí? ¿Cómo es que hay cosas? ¿Cómo es que hay ser? Y ese cómo, extrañamente, no expresa ni exige un complemento circunstancial de modo, sino más bien uno de causa. Es un cómo que pregunta por un quién y por un cuándo, por un antes y un después. ¿Quién sacó al conejo del Ser de la chistera de la Nada? Pero, ¿por qué suponer que había Nada? Estamos enfermos de genealogía y destino, tenemos el árbol genealógico plantado en la cabeza. Dios es nuestra sospecha de la Nada. Más aún, Dios es la expresión de nuestro resentimiento y la consumación de nuestra venganza contra la permanencia de todo menos de nosotros mismos —pues nosotros "somos los que se van…"
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No sé si una humanidad atea es posible. Cioran dice que mientras quede un solo dios de pie, el hombre no podrá dar por concluida su tarea. Pero Cioran también juzga que un mundo sin Dios sería un mundo sin anhelo y, por lo tanto, sin poesía. Yo intuyo que una comunidad atea sólo puede ser una comunidad justa, y no sé si la especie humana es compatible con esta configuración. Mi única certeza a este respecto es ésta: a pesar de todo, a pesar de ustedes y de mí, a pesar de la maldad y la ternura de las mujeres y los hombres, Dios no existe. Pero esto es sólo el punto de partida.
1 Habencia es a haber como existencia a existir. Habencia es tenencia sin el sujeto que posee. Habencia es el hecho de estar las cosas en el mundo (y el mundo en el universo) (y el universo en sí mismo). Hay flores, hay libros, hay razas, hay sentimientos confusos de amor y desprecio. La habencia es la condición de esos y todos los demás posibles objetos directos del verbo unipersonal haber.
Por Romeo Tello A.