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Last Updated: 12/2/2008

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Monday, November 12, 2007 

Current mood:  mellow

ya dentro de poco volvere a  poner cosas

ya que debido a la perdida de informacion fue que estuve muchos dias sin inspiracion pero ya esta volviendo y como dije vuelvo remasterizado jejej

Thursday, August 30, 2007 

En todos los países de Europa, y asimismo de América, hay ahora gente que abusa del nombre de filósofo. Son una especie de espíritus muy estrecha, muy prisionera, muy encadenada, que quieren aproximadamente lo contrario de lo que está en nuestras intenciones e instintos, - para no hablar de que, por lo que respecta a esos filósofos nuevos, que están emergiendo en el horizonte, ellos tienen que ser ventanas cerradas y puertas con el cerrojo corrido. Para decirlo pronto y mal, niveladores es lo que son esos falsamente llamados "espíritus libres" - como esclavos elocuentes y plumíferos que son del gusto democrático y de sus "ideas modernas": todos ellos son hombre carentes de soledad, de soledad propia, torpes y bravos mozos a los que no se les debe negar ni valor ni costumbres respetables, sólo que son, cabalmente, gente no libre y ridículamente superficial, sobre todo en su tendencia básica a considerar que las formas de la vieja sociedad existente hasta hoy son más o menos la causa de toda la miseria y fracaso humanos: ¡con lo cual la verdad viene a quedar felizmente cabeza abajo! A lo que ellos querrían aspirar con todas sus fuerzas es a la universal y verde felicidad -prado del rebaño, llena de seguridad, libre de peligro, repleta de bienestar y facilidad de vivir para todo el mundo: sus dos canciones y doctrinas más repetidamente canturreadas se llaman "igualdad de derechos" y "compasión con todo lo que sufre" -y el sufrimiento mismo es considerado por ellos como algo que hay que eliminar. Nosotros los opuestos a ellos, que hemos abierto nuestros ojos y conciencia al problema de en qué lugar y de qué modo ha venido hasta hoy la planta "hombre" creciendo de la manera más vigorosa hacia la altura, opinamos que esto ha ocurrido siempre en condiciones opuestas, opinamos que, para que esto se realizase, la peligrosidad de su situación tuvo que aumentar antes de manera gigantesca, que su energía de invención y de simulación (su "espíritu"-) tuvo que desarrollarse, bajo una presión y una coacción prolongadas, hasta convertirse en algo sutil y temerario, que su voluntad de vivir tuvo que identificarse hasta llegar a la voluntad incondicional de poder: -nosotros opinamos que dureza, violencia, esclavitud, peligro en la calle y en los corazones, ocultación, estoicismo, arte de tentador y diabluras de toda especie, que todo lo malvado, terrible, tiránico, todo lo que de animal rapaz y de serpiente hay en el hombre sirve a la elevación de la especie "hombre" tanto como su contrario: -y cuando decimos tan sólo eso no decimos ni siquiera bastante, y, en todo caso, con nuestro hablar y nuestro callar en este lugar nos encontramos en el otro extremo de toda ideología moderna y de todos los deseos gregarios.

 

*********

 

¿Quieres marchar, hermano mío, a la soledad? ¿Quieres buscar el camino que lleva a ti mismo? Detente un poco y escúchame.

«El que busca, fácilmente se pierde a sí mismo. Todo irse a la soledad es culpa»: así habla el rebaño. Y tú has formado parte del rebaño durante mucho tiempo.

La voz del rebaño continuará resonando dentro de ti. Y cuando digas «yo ya no tengo la misma conciencia que vosotros», eso será un lamento y un dolor.

Mira, aquella conciencia única dio a luz también ese dolor: y el último resplandor de aquella conciencia continúa brillando sobre tu tribulación.

Pero ¿tú quieres recorrer el camino de tu tribulación, que es el camino hacia ti mismo? ¡Muéstrame entonces tu derecho y tu fuerza para hacerlo!

¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que se mueve por sí misma? ¿Puedes forzar incluso a las estrellas a que giren a tu alrededor?

¡Ay, existe tanta ansia de elevarse! ¡Existen tantas convulsiones de los ambiciosos! ¡Muéstrame que tú no eres un ansioso ni un ambicioso!

Ay, existen tantos grandes pensamientos que no hacen más que lo que el fuelle: inflan y vuelven aún más vacíos.

¿Libre te llamas a ti mismo? Quiero oír tu pensamiento dominante, y no que has escapado de un yugo.

¿Eres tú alguien al que le sea lícito escapar de un yugo? Más de uno hay que arrojó de sí su último valor al arrojar su servidumbre.

¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zaratustra! Tus ojos deben anunciar con claridad: libre para qué?

¿Puedes prescribirte a ti mismo tu bien y tu mal, y suspender tu voluntad por encima de ti como una ley?

¿Puedes ser juez para ti mismo y vengador de tu ley?

Terrible cosa es hallarse solo con el juez y vengador de la propia ley. Así es arrojada una estrella al espacio vacío y al soplo helado de la soledad.

Hoy sufres todavía a causa de los muchos, tú que eres uno solo: hoy conservas aún todo tu valor y todas tus esperanzas.

Mas alguna vez la soledad te fatigará, alguna vez tu orgullo se curvará y tu valor rechinará los dientes. Alguna vez gritarás «¡estoy solo!»

Alguna vez dejarás de ver tu altura y contemplarás demasiado cerca tu bajeza; tu sublimidad misma te aterrorizará como un fantasma. Alguna vez gritarás: « ¡Todo es falso!»

Hay sentimientos que quieren matar al solitario; ¡si no lo consiguen, ellos mismos tienen que morir entonces! Mas ¿eres tú capaz de ser asesino?

¿Conoces ya, hermano mío, la palabra «desprecio»? ¿Y el tormento de tu justicia, de ser justo con quienes te desprecian?

Tú fuerzas a muchos a cambiar de doctrina acerca de ti; esto te lo hacen pagar caro. Te aproximaste a ellos y pasaste de largo: esto no te lo perdonan nunca.

Tú caminas por encima de ellos; pero cuanto más alto subes, tanto más pequeño te ven los ojos de la envidia. El más odiado de todos es, sin embargo, el que vuela.

«¡Cómo vais a ser justos conmigo! -tienes que decir - yo elijo para mí vuestra injusticia como la parte que me ha sido asignada».

Injusticia y suciedad arrojan ellos al solitario: pero, hermano mío, si quieres ser una estrella, ¡no tienes que iluminarlos menos por eso!

¡Y guárdate de los buenos y justos! Con gusto crucifican a quienes se inventan una virtud para sí mismos, odian al solitario.

¡Guárdate también de la santa simplicidad! Para ella no es santo lo que no es simple; también le gusta jugar con el fuego - con el fuego de las hogueras para quemar seres humanos.

¡Y guárdate también de los asaltos de tu amor! Con demasiada prisa tiende el solitario la mano a aquel con quien se encuentra.

A ciertos hombres no te es licito darles la mano, sino sólo la pata: y yo quiero que tu pata tenga también garras.

Pero el peor enemigo con que puedes encontrarte serás siempre tú mismo; a ti mismo te acechas tú en las cavernas y en los bosques.

¡Solitario, tú recorres el camino que lleva a ti mismo! ¡Y tu camino pasa al lado de ti mismo y de tus siete demonios!

Un hereje serás para ti mismo, y una bruja y un hechicero y un necio y un escéptico y un impío y un malvado.

Tienes que querer consumirte a ti mismo en tu propia llama: ¡cómo te renovarías si antes no te hubieses convertido en ceniza!

Solitario tu recorres el camino del creador: ¡con tus siete demonios quieres crearte para ti un Dios!

Solitario, tú recorres el camino del amante: te amas a ti mismo, y por ello te desprecias como sólo los amantes saben despreciar.

¡El amante quiere crear porque desprecia! ¡Qué sabe del amor el que no tuvo que despreciar precisamente aquello que amaba!

Vete a tu soledad con tu amor y con tu crear, hermano mío; sólo más tarde te seguirá la justicia cojeando.

Vete con tus lágrimas a tu soledad, hermano mío. Yo amo a quien quiere crear por encima de sí mismo, y por ello perece.

 

*********

 

1

Cuando por primera vez fui a los hombres cometí la tontería propia de los eremitas, la gran tontería: me instalé en el mercado.

Y cuando hablaba a todos no habla a nadie. Y por la noche tuve como compañeros a volatineros y cadáveres; y yo mismo era casi un cadáver.

Mas a la mañana siguiente llegó a mí una nueva verdad: entonces aprendí a decir «¡Qué me importan el mercado y la plebe y el ruido de la plebe y las largas orejas de la plebe!»

Vosotros hombres superiores, aprended esto de mí: en el mercado nadie cree en hombres superiores. Y si queréis hablar allí, ¡bien! Pero la plebe dirá parpadeando «todos somos iguales».

«Vosotros hombres superiores, -así dice la plebe parpadeando- no existen hombres superiores, todos somos iguales, el hombre no es más que hombre, ¡ante Dios todos somos iguales!».

¡Ante Dios! - Mas ahora ese Dios ha muerto. Y ante la plebe nosotros no queremos ser iguales. ¡Vosotros hombres superiores, marchaos del mercado!

 

2

¡Ante Dios! - ¡Mas ahora ese Dios ha muerto! Vosotros hombres superiores, ese Dios era vuestro máximo peligro.

Sólo desde que él yace en la tumba habéis vuelto vosotros a resucitar. Sólo ahora llega el gran mediodía, sólo ahora se convierte el hombre superior - ¡en señor!

¿Habéis entendido esta palabra, oh hermanos míos? Estáis asustados: ¿sienten vértigo vuestros corazones? ¿Veis abrirse aquí para vosotros el abismo? ¿Os ladra aquí el perro infernal?

¡Bien! ¡Adelante! ¡Vosotros hombres superiores! Ahora es cuando la montaña del futuro humano está de parto. Dios ha muerto: ahora nosotros queremos -que viva el superhombre.

 

3

Los más preocupados preguntan hoy: «¿Cómo se conserva el hombre?» Pero Zaratustra pregunta, siendo el único y el primero en hacerlo: «¿Cómo se supera al hombre?»

El superhombre es lo que yo amo, él es para mí lo primero y lo único, - y no el hombre: no el prójimo, no el más pobre, no el que más sufre, no el mejor. -

Oh hermanos míos, lo que yo puedo amar en el hombre es que es un tránsito y un ocaso. Y también en vosotros hay muchas cosas que me hacen amar y tener esperanzas.

Vosotros habéis despreciado, hombres superiores, esto me hace tener esperanzas. Pues los grandes despreciadores son los grandes veneradores.

En el hecho de que hayáis desesperado hay mucho que honrar. Porque no habéis aprendido cómo resignaros, no habéis aprendido las pequeñas corduras.

Hoy, en efecto, las gentes pequeñas se han convertido en los señores: todas ellas predican resignación y modestia y cordura y laboriosidad y miramientos y el largo etcétera de las pequeñas virtudes.

Lo que es de especie femenina, lo que procede de especie servil y, en especial, la mezcolanza plebeya: eso quiere ahora enseñorearse de todo destino del hombre ¡oh náusea! ¡náusea! ¡náusea!

 

Eso pregunta y pregunta y no se cansa: «¿Cómo se conserva el hombre, del modo mejor, más prolongado, más agradable?» Con esto - ellos son los señores de hoy. pregunta y pregunta y no se cansa: «¿Cómo se conserva el hombre, del modo mejor, más prolongado, más agradable?» Con esto - ellos son los señores de hoy.

Superadme a estos señores de hoy, oh hermanos míos, - a estas gentes pequeñas: ¡ellas son el máximo peligro del superhombre!

¡Superadme, hombres superiores, las pequeñas virtudes, las pequeñas corduras, los miramientos minúsculos, el bullicio de hormigas, el mísero bienestar, la «felicidad de los más»!

Y antes desesperar que resignarse. Y, en verdad, yo os amo porque no sabéis vivir hoy, ¡vosotros hombres superiores! Ya que así es como vosotros vivís - ¡del modo mejor!

 

4

¿Tenéis valor, oh hermanos míos? ¿Sois gente de corazón? ¿No valor ante testigos, sino el valor del eremita y del águila, del cual no es ya espectador ningún Dios?

A las almas frías, a las acémilas, a los ciegos, a los borrachos, a esos yo nos lo llamo gente de corazón. Corazón tiene el que conoce el miedo, pero domeña el miedo, el que ve el abismo, pero con orgullo.

El que ve el abismo, pero con ojos de águila, el que aferra el abismo con garras de águila: ése tiene valor. --

 

5

«El hombre es malvado» - así me dijeron, para consolarme, los más sabios. ¡Ay, si eso fuero hoy verdad! Pues el mal es la mejor fuerza del hombre.

«El hombre tiene que mejorar y que empeorar» esto es lo que yo enseño. Lo peor es necesario para lo mejor del superhombre.

Para aquel predicador de las pequeñas gentes acaso fuera bueno que él sufriese y padeciese por el pecado del hombre. Pero yo me alegro del gran pecado como de mi gran consuelo.

Esto no está dicho, sin embargo, para orejas largas. No toda palabra conviene tampoco a todo hocico. Estas son cosas delicadas y remotas: ¡hacia ellas no deben alargarse las pezuñas de las ovejas!

 

6

Vosotros hombres superiores, ¿creéis acaso que yo estoy aquí para arreglar lo que vosotros habéis estropeado?

¿O que quiero prepararos para lo sucesivo un lecho más cómodo a vosotros los que sufrís? ¿O mostraros senderos nuevos y más fáciles a vosotros los errantes, extraviados, perdidos por los montes?

¡No! ¡No! ¡Tres veces no! Deben perecer cada vez más, cada vez mejores de vuestra especie, - pues vosotros debéis tener una vida siempre peor y más dura. Sólo así

-sólo así el hombre crece hasta aquella altura en que el rayo cae sobre él y lo hace pedazos: ¡suficientemente alto para el rayo!

Hacia lo poco, hacia lo prolongado, hacia lo lejano tienden mi mente y mi anhelo: ¡qué podría importarme vuestra mucha, corta, pequeña miseria!

¡Para mí no sufrís aún bastante! Pues sufrís por vosotros, no habéis sufrido aún por el hombre. ¡Mentiríais si dijeseis otra cosa! Ninguno de vosotros sufre por aquello por lo que yo he sufrido. -

 

7

No me basta con que el rayo ya no cause daño. Yo no quiero desviarlo: debe aprender - a trabajar para mí.

Hace ya mucho tiempo que mi sabiduría se acumula como una nube, se vuelve más silenciosa y oscura. Así hace toda sabiduría que alguna vez debe parir rayos.

Para estos hombres de hoy no quiero yo ser luz ni llamarme luz. A éstos - quiero cegarlos: ¡rayo de mi sabiduría! ¡Sácales los ojos!

 

8

No queráis nada por encima de vuestra capacidad: hay una falsedad perversa en quienes quieren por encima de su capacidad.

¡Especialmente cuando quieren cesas grandes! Pues despiertan desconfianza contra las cosas grandes, esos refinados falsarios y comediantes:

-hasta que, finalmente, son falsos ante sí mismos, gente de ojos bizcos, madera carcomida y blanqueada, cubiertos con un manto de palabras fuertes, de virtudes aparatosas, de obras falsas y relumbrantes.

¡Tened en esto mucha cautela, vosotros hombres superiores! Pues nada me parece hoy más precioso y raro que la honestidad.

¿No es este hoy de la plebe? Mas la plebe no sabe lo que es grande, lo que es pequeño, lo que es recto y honesto: ella es inocentemente torcida, ella miente siempre.

 

9

Tened hoy una sana desconfianza, ¡vosotros hombres superiores, hombres valientes! ¡Hombres de corazón abierto! ¡Y mantened secretas vuestras razones! Pues este hoy es de la plebe.

Lo que la plebe aprendió en otro tiempo a creer sin razones, ¿quién podría - destruírselo mediante razones?

Y en el mercado se convence con gestos. Las razones, en cambio, vuelven desconfiada a la plebe.

Y si alguna vez la verdad venció allí, preguntaos con sana desconfianza: «¿Qué fuerte error ha luchado por ella?»

¡Guardaos también de los doctos! Os odian: ¡pues ellos son estériles! Tienen ojos fríos y secos, ante ellos todo pájaro yace desplumado.

Ellos se jactan de no mentir, mas incapacidad para la mentira no es ya, ni de lejos, amor a la verdad. ¡Estad en guardia!

¡Falta de fiebre no es ya, ni de lejos, conocimiento! A los espíritus resfriados yo no les creo. Quien no puede mentir no sabe qué es la verdad.

 

10

¡Si queréis subir a lo alto emplead vuestras propias piernas! ¡No dejéis que os lleven hasta arriba, no os sentéis sobre espaldas y cabezas de otros!

¿Tú has montado a caballo? ¿Y ahora cabalgas velozmente hacia tu meta? ¡Bien, amigo mío! ¡Pero también tu pie tullido va montado sobre el caballo!

Cuando estés en la meta, cuando saltes de tu caballo: precisamente en tu altura, hombre superior - ¡darás un traspié!

 

11

¡Vosotros creadores, vosotros hombres superiores! No se está grávido más que del propio hijo.

¡No os dejéis persuadir, adoctrinar! ¿Quién es vuestro prójimo? Y aunque obréis «por el prójimo», - ¡no creéis, sin embargo, por él!

Olvidadme ese «por», creadores: precisamente vuestra virtud quiere que no hagáis ninguna cosa «por» y «a causa de» y «porque». A estas pequeñas palabras falsas debéis cerrar vuestros oídos.

El «por el prójimo» es la virtud tan sólo de las gentes pequeñas: entre ellas se dice «tal para cual» y «una mano lava la otra»: - ¡no tienen ni derecho ni fuerza de exigir vuestro egoísmo!

¡En vuestro egoísmo, creadores, hay la cautela y la previsión de la embarazada! Lo que nadie ha visto aún con sus ojos, el fruto: eso es lo que vuestro amor entero protege y cuida y alimenta.

¡Allí donde está todo vuestro amor, en vuestro hijo, allí está también toda vuestra virtud! Vuestra obra, vuestra voluntad es vuestro «prójimo»: ¡no os dejéis inducir a admitir falsos valores!

 

12

¡Vosotros creadores, vosotros hombres superiores! Quien tiene que dar a luz está enfermo; y quien ha dado a luz está impuro.

Preguntad a las mujeres: no se da a luz porque ello divierta. El dolor hace cacarear a las gallinas y a los poetas.

Vosotros creadores, en vosotros hay muchas cosas impuras. Esto se debe a que tuvisteis que ser madres.

Un nuevo hijo: ¡oh, cuánta nueva suciedad ha venido también con él al mundo! ¡Apartaos! ¡Y quien ha dado a luz debe lavarse el alma hasta limpiarla!

 

13

¡No seáis virtuosos por encima de vuestras fuerzas! ¡Y no queráis de vosotros nada que vaya contra la verosimilitud!

¡Caminad por las sendas por las que ya la virtud de vuestros padres caminó! ¿Cómo querríais subir alto si no sube con vosotros la voluntad de vuestros padres?

¡Mas quien quiera ser el primero vea de no convertirse también en el último! ¡Y allí donde están los vicios de vuestros padres no debéis querer pasar por santos!

Si los padres de alguien fueron aficionados a las mujeres y a los vinos fuertes y a la carne de jabalí: ¿qué ocurriría si ese alguien pretendiese de sí la castidad?

¡Una necedad sería ello! Mucho, en verdad, me parece para ése el que se contente con ser marido de una o de dos o de tres mujeres.

Y si fundase conventos y escribiese encima de la puerta: «el camino hacia la santidad», -yo diría: ¡para qué! ¡eso es una nueva necedad!

Ha fundado para sí mismo un correccional y un asilo: ¡buen provecho! Pero yo no creo en eso.

En la soledad crece lo que uno ha llevado a ella, también al animal interior. Por ello resulta desaconsejable para muchos la soledad.

¿Ha habido hasta ahora en la tierra algo más sucio que los santos del desierto? En torno a ellos no andaba suelto tan sólo el demonio, - sino también el cerdo.

 

14

Tímidos, avergonzados, torpes, como un tigre al que le ha salido mal el salto: así, hombres superiores, os he visto a menudo apartaros furtivamente a un lado. Os había salido mal una jugada.

Pero vosotros, jugadores de dados, ¡qué importa eso! ¡No habéis aprendido a jugar y a hacer burlas como se debe! ¿No estamos siempre sentados a una gran mesa de burlas y de juegos ?

Y aunque se os hayan malogrado grandes cosas, ¿es que por ello vosotros mismos - os habéis malogrado? Y aunque vosotros mismos os hayáis malogrado, ¿se malogró por ello - el hombre? Y si el hombre se malogró: ¡bien! ¡adelante!

 

15

Cuanto más elevada es la especie de una cosa tanto más raramente se logra ésta. Vosotros hombres superiores, ¿no sois todos vosotros - malogrados?

¡Tened valor, qué importa! ¡Cuántas cosas son aún posibles! ¡Aprended a reiros de vosotros mismos como hay que reír!

¡Por qué extrañarse, por lo demás, de que os hayáis malogrado y os hayáis logrado a medias, vosotros semidespedazados! ¿Es que no se agolpa y empuja en vosotros - el futuro del hombre?

Lo más remoto, profundo, estelarmente alto del hombre, su fuerza inmensa: ¿no hierve todo eso, chocando lo uno con lo otro, en vuestro puchero?

¡Por qué extrañarse de que más de un puchero se rompa! ¡Aprended a reiros de vosotros mismos como hay que reír! Vosotros hombres superiores, ¡oh, cuántas cosas son aún posibles!

Y, en verdad, ¡cuántas cosas se han logrado ya! ¡Qué abundante es esta tierra en pequeñas cosas buenas y perfectas, en cosas bien logradas!

¡Colocad pequeñas cosas buenas y perfectas a vuestro alrededor, hombres superiores! Su áurea madurez sana el corazón. Lo perfecto enseña a tener esperanzas.

 

16

¿Cuál ha sido hasta ahora en la tierra el pecado más grande? ¿No lo ha sido la palabra de quien dijo: «¡Ay de aquellos que ríen aquí»?

¿Es que no encontró en la tierra motivos para reír? Lo que ocurrió es que buscó mal. Incluso un niño encuentra aquí motivos.

El - no amaba bastante: ¡de lo contrario nos habría amado también a nosotros los que reímos! Pero nos odió y nos insultó, nos prometió llanto y rechinar de dientes.

¿Es que hay que maldecir cuando no se ama? Esto me parece mal gusto. Pero así es cómo actuó aquel incondicional. Procedía de la plebe.

Y él mismo no amó bastante: de lo contrario se habría enojado menos porque no se le amase. Todo gran amor no quiere amor: - quiere más.

¡Evitad a todos los incondicionales de esa especie! Es una pobre especie enferma, una especie plebeya: contemplan malignamente esta vida, tienen mal de ojo para esta tierra.

¡Evitad a todos los incondicionales de esa especie! Tienen pies y corazones pesados: - no saben bailar. ¡Cómo iba a ser ligera la tierra para ellos!

 

17

Por caminos torcidos se aproximan todas las cosas buenas a su meta. Semejantes a los gatos, ellas arquean el lomo, ronronean interiormente ante su felicidad cercana, - todas las cosas buenas ríen.

El modo de andar revela si alguien camina ya por su propia senda: ¡por ello, vedme andar a mí! Mas quien se aproxima a su meta, ése baila.

Y, en verdad, yo no me he convertido en una estatua, ni estoy ahí plantado, rígido, insensible, pétreo, cual una columna: me gusta correr velozmente.

Y aunque en la tierra hay también cieno y densa tribulación: quien tiene pies ligeros corre incluso por encima del fango y baila sobre él como sobre hielo pulido.

Levantad vuestros corazones, hermanos míos, ¡arriba! ¡más arriba! ¡Y no me olvidéis las piernas! Levantad también vuestras piernas, vosotros buenos bailarines, y mejor aún: ¡sosteneos incluso sobre la cabeza!

 

18

Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: yo mismo me he puesto sobre mi cabeza esta corona, yo mismo he santificado mis risas. A ningún otro he encontrado suficientemente fuerte hoy para hacer esto:

Zaratustra el bailarín, Zaratustra el ligero, el que hace señas con las alas, uno dispuesto a volar, haciendo señas a todos los pájaros, preparado y listo, bienaventurado en su ligereza: -

Zaratustra el que dice verdad, Zaratustra el que ríe verdad, no un impaciente, no un incondicional, sí uno que ama los saltos y las piruetas; ¡yo mismo me he puesto esa corona sobre mi cabeza!

 

19

Levantad vuestros corazones, hermanos míos, ¡arriba! ¡más arriba! ¡y no me olvidéis tampoco las piernas! Levantad también vuestras piernas, vosotros buenos bailarines, y mejor aún: ¡sosteneos incluso sobre la cabeza!

También en la felicidad hay animales pesados, hay cojitrancos de nacimiento. Extrañamente se afanan, como un elefante que se esforzarse en sostenerse sobre la cabeza.

Pero es mejor estar loco de felicidad que estarlo de infelicidad, es mejor bailar torpemente que caminar cojeando. Aprended, pues, de mí mi sabiduría: incluso la peor de las cosas tiene dos reversos buenos,

-incluso la peor de las cosas tiene buenas piernas para bailar: ¡aprended, pues, de mí, hombres superiores, a teneros sobre vuestras piernas derechas!

-¡Olvida, pues, el poner cara de atribulados y toda tristeza plebeya! ¡Oh, qué tristes me parecen hoy incluso los payasos de la plebe! Pero este hoy es de la plebe.

 

20

Haced como el viento cuando se precipita desde sus cavernas de la montaña: quiere bailar al son de su propio silbar, los mares tiemblan y dan saltos bajo sus pasos.

El que proporciona alas a los asnos, el que ordeña a las leonas, ¡bendito sea ese buen espíritu indómito, que viene cual viento tempestuoso para todo hoy y toda plebe, -

-que es enemigo de las cabezas espinosas y cavilosas, y de todas las mustias hojas y yerbajos: alabado sea ese salvaje, bueno, libre espíritu de tempestad, que baila sobre las ciénagas y las tribulaciones como si fueran prados!

El que odia los tísicos perros plebeyos y toda cría sombría y malograda: ¡bendito sea ese espíritu de todos los espíritus libres, la tormenta que ríe, que sopla polvo a los ojos de todos los pesimistas, purulentos!

Vosotros hombres superiores, esto es lo peor de vosotros: ninguno habéis aprendido a bailar como hay que bailar - ¡a bailar por encima de vosotros mismos! ¡Qué importa que os hayáis malogrado!

¡Cuántas cosas son posibles aún! ¡Aprended, pues, a reíros de vosotros sin preocuparos de vosotros! Levantad vuestros corazones, vosotros buenos bailarines, ¡arriba! ¡mas arriba! ¡Y no me olvidéis tampoco el buen reír!

Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: ¡a vosotros hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he santicado el reír; vosotros hombres superiores, aprended - ¡a reír!

 

*********

 

¿«Voluntad de verdad» llamáis vosotros, sapientísimos, a lo que os impulsa y os pone ardorosos?

Voluntad de volver pensable todo lo que existe: ¡así llamo yo a vuestra voluntad!

Ante todo queréis hacer pensable todo lo que existe: pues dudáis, con justificada desconfianza, de que sea ya pensable.

¡Pero debe amoldarse y plegarse a vosotros! Así lo quiere vuestra voluntad. Debe volverse liso, y someterse al espíritu, como su espejo y su imagen reflejada.

Esa es toda vuestra voluntad, sapientísimos, una voluntad de poder; y ello aunque habléis del bien y del mal y de las valoraciones.

Queréis crear el mundo ante el que podéis arrodillamos: esa es vuestra última esperanza y vuestra última ebriedad.

Los no sabios, ciertamente, el pueblo - son como el río sobre el que avanza flotando una barca: y en la barca se asientan solemnes y embobadas las valoraciones.

Vuestra voluntad y vuestros valores, los habéis colocado sobre el río del devenir: lo que es creído por el pueblo como bueno y como malvado me revela a mí una vieja voluntad de poder.

Habéis sido vosotros, sapientísimos, quienes habéis colocado en esa barca a tales pasajeros y quienes les habéis dado pompa y orgullosos nombres, - ¡vosotros y vuestra voluntad dominadora!

Ahora el río lleva vuestra barca: tiene que llevarla. ¡Poco importa que la ola rota eche espuma y que colérica se oponga a la quilla!

No es el río vuestro peligro y el término de vuestro bien y vuestro mal, sapientísimos: sino aquella voluntad misma, la voluntad de poder, - la inexhausta y fecunda voluntad de vida.

Mas para que vosotros entendáis mi palabra acerca del bien y del mal: voy a deciros todavía mi palabra acerca de la vida y acerca de la especie de todo lo viviente.

Yo he seguido las huellas de lo vivo, he recorrido los caminos más grandes y los más pequeños, para conocer su especie.

Con centuplicado espejo he captado su mirada cuando tenía cerrada la boca: para que fuesen sus ojos los que me hablasen. Y sus ojos me han hablado.

Pero en todo lugar en que encontré seres vivientes oí hablar también de obediencia. Todo ser viviente es un ser obediente.

Y esto es lo segundo: Se le dan órdenes al que no sabe obedecerse a sí mismo. Así es la especie de los vivientes.

Pero esto es lo tercero que oí: Mandar es más difícil que obedecer. Y no sólo porque el que manda lleva el peso de todos los que obedecen, y ese peso fácilmente lo aplasta: -

Un ensayo y un riesgo advertí en todo mandar; y siempre que el ser vivo manda se arriesga a sí mismo al hacerlo.

Más aún, también cuando se manda a sí mismo tiene que expiar su mandar. Tiene que ser juez y vengador y víctima de su propia ley.

¡Cómo ocurre esto! me preguntaba. ¿Qué es lo que induce a lo viviente a obedecer y a mandar y a ejercer obediencia incluso cuando manda?

¡Escuchad, pues, mi palabra, sapientísimos! ¡Examinad seriamente si yo me he deslizado hasta el corazón de la vida y hasta las raíces de su corazón!

En todos los lugares donde encontré seres vivos encontré voluntad de poder; e incluso en la voluntad del que sirve encontré voluntad de ser señor.

A que sirva al más fuerte, a eso persuádele al más débil su voluntad, la cual quiere ser dueña de lo que es más débil todavía: a ese solo placer no le gusta renunciar.

¡Y así como lo más pequeño se entrega a lo más grande, para disfrutar de placer y poder sobre lo mínimo: así también lo máximo se entrega, y por amor al poder expone la vida.

Esta es la entrega de lo máximo, el ser temeridad y peligro y un juego de dados con la muerte.

Y donde hay inmolación y servicios y miradas de amor: allí hay también voluntad de ser señor. Por caminos tortuosos se desliza lo más débil hasta el castillo y hasta el corazón del más poderoso - y le roba poder.

Y este misterio me ha confiado la vida misma. «Mira, dijo, yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo.

En verdad, vosotros llamáis a esto voluntad de engendrar o instinto de finalidad, de algo mas alto, más lejano, más vario: pero todo eso es una única cosa y un único misterio.

Prefiero hundirme en mi ocaso y renunciar a esa única cosa; y, en verdad, donde hay ocaso y caer de hojas, mira, allí la vida se inmola a sí misma - ¡por el poder!

Pues yo tengo que ser lucha y devenir y finalidad y contradicción de las finafidades: ¡ay, quien adivina mi voluntad, ése adivina sin duda también por qué caminos torcidos tengo que caminar yo!

Sea cual sea lo que yo crea, y el modo como lo ame, - pronto tengo que ser adversario de ello y de mi amor: así lo quiere mi voluntad.

Y también tú, hombre del conocimiento, eras tan sólo un sendero y una huella de mi voluntad: ¡en verdad, mi voluntad de poder camina también con los pies de tu voluntad de verdad!

No ha dado ciertamente en el blanco de la verdad quien disparó hacia ella la frase de la 'voluntad de existencia' ¡esa voluntad no - existe!

Pues lo que no es no puede querer; mas lo que está en la existencia, ¡cómo podría seguir queriendo la existencia!

Sólo donde hay vida hay también voluntad: pero no voluntad de vida, sino - así te lo enseño yo - ¡voluntad de poder!

Muchas cosas tiene el viviente en más alto aprecio que la vida misma; peroa; en el apreciar mismo habla - ¡la voluntad de poder!» -

Esto fue lo que en otro tiempo me enseñó la vida: y con ello os resuelvo yo sapientísimos, incluso el enigma de vuestro corazón.

En verdad, yo os digo: ¡Un bien y un mal que fuesen imperecederos - no existen! Por sí mismos deben una y otra vez superarse a sí mismos.

Con vuestros valores y vuestras palabras del bien y del mal ejercéis violencia, valoradores: y ése es vuestro oculto amor, y el brillo, el temblor y el desbordamiento de vuestra propia alma.

Pero una violencia más fuerte surge de vuestros valores, y una nueva superación: al chocar con ella se rompen el huevo y la cáscara.

Y quien tiene que ser un creador en el bien y en el mal: en verdad, ése tiene que ser antes un aniquilador y quebrantar valores.

Por eso el mal sumo forma parte de la bondad suma: mas ésta es la bondad creadora. -

Hablemos de esto, sapientísimos, aunque sea desagradable. Callar es peor; todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas.

¡Y que caiga hecho pedazos todo lo que en nuestras verdades -pueda caer hecho pedazos! ¡Hay muchas casas que construir todavía!

 

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Un día en que Zaratustra estaba atravesando el gran puente le rodearon los lisiados y los mendigos, y un jorobado le habló así:

"¡Mira Zaratustra! También el pueblo aprende de ti, y comienza a creer en tu doctrina: mas para que acabe de creerte del todo se necesita aún una cosa - ¡tienes que convencernos primero a nosotros los lisiados! ¡Aquí tienes ahora una hermosa colección, y, en verdad, una ocasión que se puede agarra por más de un pelo! Puedes curar a ciegos y hacer correr a paralíticos; y a quien lleva demasiado sobre su espalda podrías sin duda también quitarle un poco: - ¡este pienso yo, sería el modo idóneo de hacer creer a los lisiados en Zaratustra!".

Mas Zaratustra replicó así al que había hablado. "Si al jorobado se le quita su joroba se le quita su espíritu -así enseña el pueblo. Y si al ciego se le dan sus ojos verá demasiadas cosas malas en la tierra: de modo que maldecirá a quien le curó. Y el que haga correr al paralítico le causa el mayor de todos los perjuicios: pues apenas pueda correr, sus vicios, desbocados, lo arrastran consigo - así enseña el pueblo a propósito de los lisiados. ¿Y por qué no iba Zaratustra a aprender también del pueblo, si el pueblo aprende de Zaratustra?

Mas, desde que estoy entre los hombres, para mí lo de menos es ver: 'A éste la falta un ojo, y a aquél una oreja, y a aquél tercero la pierna y otros hay que han perdido la lengua o la nariz o la cabeza'.

Yo veo y he visto cosas peores, y hay algunas tan horribles que no quisiera hablar de todas, y de otras ni aun callar quisiera: a saber, seres humanos a quienes les falta todo, excepto una cosa de la que tienen demasiado -seres humanos que no son más que un gran ojo, o un gran hocico, o un gran estómago, o alguna otra cosa grande, - lisiados al revés los llamo yo.

Y cuando yo venía de mi soledad y por vez primera atravesaba este puente: no quería dar crédito a mis ojos, miraba y miraba una y otra vez y acabé por decir: '¡Esto es una oreja!, ¡una sola oreja tan grande como un hombre!'. Miré mejor: y, realmente, debajo de la oreja se movía aún algo que era pequeño y mísero, y débil hasta el punto de provocar lástima. Y verdaderamente la monstruosa oreja se asentaba sobre una pequeña varilla delgada - ¡y la varilla era un hombre! Quien mirase con una lente podría haber reconocido aún un pequeño rostro envidioso; y también que en la varilla se balanceaba una abultada almita. Y el pueblo me decía que la gran oreja era no sólo u hombre, sino un gran hombre, un genio. Mas yo jamás he creído al pueblo cuando ha hablado de grandes hombres - y mantuve mi creencia de que era un lisiado al revés, que tenía muy poco de todo, y demasiado de una sola cosa".

Cuando Zaratustra hubo dicho esto al jorobado y a aquellos de quienes éste era portavoz y abogado volvióse con profundo mal humor hacia sus discípulos y dijo:

"En verdad, amigos míos, yo camino entre los hombres como entre fragmentos y miembros de hombres!

Para mis ojos lo más terrible es encontrar al hombre destrozado y esparcido como sobre un campo de batalla y de matanza.

Y si mis ojos huyen desde el ahora hacia el pasado: siempre encuentran lo mismo: fragmentos y miembros y espantosos azares - ¡pero no hombres!

El ahora y el pasado en la tierra - ¡ay!, amigos míos - son para lo más insoportable; y no sabría vivir si no fuera yo además un vidente de lo que tiene que venir.

Un vidente, un volente, un creador, un futuro también y un puente hacia el futuro - y, ay incluso, por así decirlo, un lisiado junto a ese puente: todo eso es Zaratustra.

Y también vosotros os habéis preguntado con frecuencia: '¿quién es para nosotros Zaratustra? ¿Cómo le llamaremos?' Y lo mismo que yo, vosotros os habéis dado preguntas por respuesta.

¿Es uno que hace promesas? ¿O uno que las cumple? ¿Un conquistador? ¿O un heredero? ¿Un otoño? ¿O la reja de un arado? ¿Un médico? ¿O un convaleciente?

¿Es un poeta? ¿O un hombre veraz? ¿Un libertador? ¿O un domador? ¿Un bueno? ¿O un malvado?

Yo camino entre los hombres como entre los fragmentos del futuro: de aquel futuro que yo contemplo.

Y todos mis pensamientos y deseos tienden a pensar y reunir en unidad lo que es fragmento y enigma y espantoso azar.

¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar!

Redimir a los que han pasado, y trasformar todo 'fue' en un 'así lo quise' - ¡sólo eso sería para mí redención!

Voluntad - así se llama el libertador y el portador de alegría; esto es lo que yo he enseñado, amigos míos! Y ahora aprended también esto: la voluntad misma es todavía un prisionero.

El querer hace libres: pero ¿cómo se llama aquello que mantiene todavía encadenado al libertador?

'Fue': así se llama el rechinar de dientes y la más solitaria tribulación de la voluntad. Impotente contra lo que está hecho - es la voluntad un malvado espectador para todo lo pasado.

La voluntad no puede querer hacia atrás: el que no pueda quebrantar el tiempo ni la voracidad del tiempo - ésa es la más solitaria tribulación de la voluntad.

El querer hace libres: ¿qué imagina el querer mismo para liberarse de su tribulación y burlarse de su prisión?

¡Ay, un necio hácese todo prisionero! Neciamente se redime también a sí misma la voluntad prisionera.

Que el tiempo no camine hacia atrás es su secreta rabia. 'Lo que fue, fue' - así se llama la piedra que ella no puede remover.

Y así ella remueve piedras por rabia y por mal humor, y se venga en aquello que no siente, igual que ella, rabia y mal humor.

Así la voluntad, el libertador, se ha convertido en un causante de dolor: y en todo lo que puede sufrir véngase de no poder ella querer hacia atrás.

Esto, sí esto solo es la venganza misma: la aversión de la voluntad contra el tiempo y su 'fue'.

En verdad, una gran necedad habita en nuestra voluntad; ¡y el que esa necedad aprendiese a tener espíritu se ha convertido en maldición para todo lo humano!

 

El espíritu de la venganza: amigos míos, sobre esto es sobre lo que mejor han reflexionado los hombres hasta ahora; y donde había sufrimiento, allí debía haber siempre castigo. : amigos míos, sobre esto es sobre lo que mejor han reflexionado los hombres hasta ahora; y donde había sufrimiento, allí debía haber siempre castigo.

'Castigo' se llama a sí misma, en efecto la venganza: con una palabra embustera se finge hipócritamente una buena conciencia.

Y como en el volente hay el sufrimiento de no poder querer hacia atrás, - por ello el querer mismo y toda vida debían - ¡ser castigo!

Y ahora se ha acumulado nube tras nube sobre el espíritu: hasta que por fin la demencia predicó: '¡Todo perece, por ello todo es digno de perecer!'

'Y la justicia misma consiste en aquella ley del tiempo según la cual éste tiene que devorar a sus propios hijos': así predicó la demencia.

'Las cosas están reguladas éticamente sobre la base del derecho y del castigo. Oh, ¿dónde está la redención del río de las cosas y del castigo llamado 'existencia'? Así predicó la demencia.

'¿Puede haber redención si existe un derecho eterno? ¡Ay, irremovible es la piedra 'fue': eternos tienen que ser también todos los castigos!' Así predicó la demencia.

'Ninguna acción puede ser aniquilada: ¡cómo podría ser anulada por el castigo! Lo eterno en el castigo llamado 'existencia' consiste en esto, ¡en que también la existencia tiene que volver a ser eternamente acción y culpa!

A no ser que la voluntad se redima al fin a sí misma y el querer se convierta en no-querer' - : ¡pero vosotros conocéis, hermanos míos, esta canción de fábula de la demencia!

Yo os aparte de todas estas canciones de fábula cuando os enseñe: 'La voluntad es un creador'.

Todo 'fue' es un fragmento, un enigma, un espantoso azar - hasta que la voluntad creadora añada: '¡pero yo lo quise así!'

- Hasta que la voluntad creadora añada: '¡Pero yo lo quiero así! ¡Yo lo querré así!'

¿Ha hablado ya ella de ese modo? ¿Y cuándo lo hará? ¿Se ha desuncido ya la voluntad del yugo de su propia tontería?

¿Se ha convertido ya la voluntad para sí misma en un libertador y en un portador de alegría? ¿Ha olvidado el espíritu de venganza y todo rechinar de dientes?

¿Y quién le ha enseñado a ella la reconciliación con el tiempo, y algo que es superior a toda reconciliación?

Algo superior a toda reconciliación tiene que querer la voluntad que es voluntad de poder - : sin embargo, ¿cómo le ocurre esto? ¿Quién le ha enseñado incluso el querer hacia atrás?

- En ese momento de su discurso ocurrió que Zaratustra se detuvo de repente y semejaba del todo alguien que estuviese aterrorizado al máximo. Con ojos horrorizados miró a sus discípulos; sus ojos perforaban como flechas los pensamientos de éstos e incluso los trasfondos de tales pensamientos. Mas pasado un poco de tiempo volvió ya a reír y dijo con voz calmada:

"Es difícil vivir con hombre, debido a que callar es tan difícil. Sobre todo para un hablador". -

Así habló Zaratustra. El jorobado había escuchado la conversación y había cubierto su rostro al hacerlo; mas cuando oyó reír a Zaratustra alzó los ojos rojos con curiosidad y dijo lentamente:

"¿Por qué Zaratustra nos habla a nosotros de modo distinto que a sus discípulos?"

Zaratustra respondió: "¡Qué tiene de extraño! ¡Con jorobados es lícito hablar de manera jorobada!"

"Bien, dijo el jorobado; y con discípulos es lícito charlar de manera discipular.

Mas ¿por qué Zaratustra habla a sus discípulos de manera distinta que a si mismo?" -

 

(gracias muchas gracias lozano por ayudarme nuevamnte a hilar mis pensamientos y completar mi escrito)

Tuesday, May 22, 2007 

Current mood:  groggy

¿Qué es, en última instancia, la vulgaridad? - Las palabras son signos-sonidos de conceptos; pero los conceptos son signos-imágenes, más o menos determinados, de sensaciones que se repiten con frecuencia y aparecen juntas, de grupos y sensaciones. Para entenderse unos a otros no basta ya emplear las mismas palabras también para referirse al mismo género de vivencias internas, hay que tener, en fin, una experiencia común con el otro. Por ello los hombres de un mismo pueblo se entienden entre sí mejor que los pertenecientes a pueblos distintos, aunque éstos se sirvan de la misma lengua; o, más bien, cuando los hombres han vivido juntos durante mucho tiempo en condiciones similares (de clima, de suelo, de peligro, de necesidades, de trabajo), surge de aquí algo que "se entiende" un pueblo. En todas las almas ocurre que un mismo número de vivencias que se repiten a menudo obtiene la primacía sobre las que se dan más raramente: acerca de ellas la gente se entiende con rapidez, de un modo cada vez más rápido - la historia de la lengua es la historia de un proceso de abreviación -, sobre la base de ese rápido entendimiento la gente se vincula de un modo estrecho, cada vez más estrecho. Cuanto mayor es el peligro, tanto mayor es la necesidad de ponerse de acuerdo con rapidez y facilidad sobre lo que hace falta; el no malentenderse en el peligro es algo de que los hombres no pueden prescindir en modo alguno para el trato mutuo. También en toda amistad o relación amorosa se hace la misma prueba: nada de ello tiene duración desde el momento en que se averigua que uno de los dos, usando las mismas palabras, siente, piensa, desea, teme de modo distinto que el otro. (El miedo al "eterno malentendido": ése es el genio benévolo que, con tanta frecuencia, a personas de sexo distinto las aparta de uniones demasiado precipitadas, aconsejadas por los sentidos y el corazón - ) Cuáles son los grupos de sensaciones que se despiertan más rápidamente dentro de un alma, que toman la palabra, que dan órdenes: eso es lo que decide sobre la jerarquía entera de sus valores, eso es lo que en última instancia determina su tabla de bienes. Las valoraciones de un hombre delatan algo de la estructura de su alma y nos dicen en qué ve ésta sus condiciones de vida, su auténtica necesidad. Suponiendo que desde siempre la necesidad haya aproximado entre sí únicamente a hombres que podían aludir, con signos similares, a vivencias similares, resulta de aquí, en conjunto una comunicabilidad fácil de la necesidad, es decir, en su último fondo, el experimentar vivencias sólo ordinarias y vulgares tiene que haber sido la más poderosa de todas las fuerzas que han dominado a los hombres hasta ahora. Los hombres más similares, más habituales, han tenido y tienen siempre ventaja, los más selectos, más sutiles, más raros, más difíciles de comprender, ésos fácilmente permanecen solos en su aislamiento, sucumben a los accidentes y se propagan raras veces. Es preciso apelar a ingentes fuerzas contrarias paro poder oponerse a este natural, demasiado natural, progressus in simile, al avance del hombre hacia lo semejante, habitual, ordinario, gregario - ¡hacia lo vulgar! -

 

 

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Vivir con una dejadez inmensa y orgullosa; siempre más allá. - Tener y no tener, a voluntad, nuestros afectos, nuestros pro y contras, condescender con ellos, por horas; montarnos sobre ellos como sobre caballos, a menudo como obre asnos: - hay que saber aprovechar, en efecto, tanto su estupidez como su fuego. Reservarnos nuestras trescientas razones delanteras, también las gafas negras: pues hay casos en los que a nadie le es lícito mirarnos a los ojos, y menos aún a nuestros "fondos". Y elegir como compañía ese vicio granuja y jovial, la cortesía. Y permanecer dueños de nuestras cuatro virtudes: el valor, la lucidez, la simpatía, la soledad. Pues la soledad es en nosotros una virtud, en cuanto constituye una inclinación y un impulso sublimes a la limpieza, los cuales adivinan que en el contacto entre hombre y hombre - "en sociedad" - las cosas tienen que ocurrir de una manera inevitablemente sucia. Toda comunidad nos hace de alguna manera, en algún lugar, alguna vez - "vulgares".

 

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En los escritos de un eremita se óye siempre también algo del eco del yermo, algo del susurro y del tímido mirara en torno propios de la soledad; hasta en sus palabras más fuertes, hasta en su grito continua sonando una especie nueva y más peligrosa de silencio, de mutismo. Quién durante años y años, durante días y noches ha estado sentado solo con su alma, en disputa y conversación íntimas, quien en su caverna - que puede ser un laberinto, pero también una mina de oro - conviértanse en osos de cavernas, o en excavador de tesoros, o en guardián de tesoros y dragón: ése tiene unos conceptos que acaban adquiriendo un color crepuscular, propio, un olor tanto de profundidad como de moho, algo incomunicable y repugnante, que lanza un soplo frío sobre todo el que pasa a su lado. El eremita no cree que nunca un filósofo - suponiendo que un filósofo haya comenzado siempre por ser un eremita - haya expresado en libros sus opiniones auténticas y últimas: ¿no se escriben precisamente libros para ocultar lo que escondemos dentro de nosotros? - más aún, pondrá en duda que un filósofo pueda tener en absoluto opiniones "últimas y auténticas", que en él no haya, no tenga que haber, detrás de cada caverna, una caverna más profunda todavía - un mundo más amplio, más extraño, más rico, situado más allá de la superficie, un abismo detrás de cada fondo detrás de cada "fundamentación". Toda filosofía es una filosofía de fachada - he aquí un juicio de eremita: "Hay algo arbitrario en el hecho de que él permaneciese quieto aquí, mirase hacia atrás, mirase alrededor, en el hecho de que no cavase más hondo aquí y dejase de lado la azada. Toda filosofía esconde también una filosofía; toda opinión es también un escondite, toda palabra, también una máscara.

 

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El hombre, animal complejo, mordaz, artificioso e impenetrable, inquietante para los demás animales no tanto por su fuerza cuanto por su astucia y su inteligencia, ha inventado la buena conciencia para disfrutar por fin de su alma como de un alma sencilla; y la moral entera es una esforzada y prolongada falsificación en virtud de la cual se hace posible en absoluto gozar del espectáculo del alma. Desde este punto de vista acaso forman parte del concepto «arte» más cosas de las que comúnmente se cree.

 

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Lo mismo el hedonismo que el pesimismo, lo mismo el utilitarismo que el eudemonismo: todos esos son modos de pensar que miden el valor de las cosas por el placer y el sufrimiento que éstas producen, es decir, por estados concomitantes y cosas accesorias, son ingenuidades y modos superficiales de pensar, a los cuales no dejará de pensar, a los cuales no dejará de mirar con burla, y también con compasión todo aquel que se sepa poseedor de fuerzas configuradoras   y de una conciencia artística.

¡Compasión para con nosotros! no es, desde luego, la compasión tal y como nosotros la entendemos: no es compasión para con la "miseria" social, para con la "sociedad" y sus enfermos y lisiados, para con los viciosos y arruinados de antemano, que yacen por tierra a nuestro alrededor; y menos todavía es compasión para con esas murmurantes, oprimidas, capas de esclavos que aspiran al dominio -ellas lo llaman libertad-. Nuestra compasión es una compasión más elevada, de visión más larga: -¡nosotros vemos cómo el hombre se empequeñece, cómo nosotros lo empequeñecemos! -y hay instantes en los que contemplamos precisamente nuestra compasión con una ansiedad indescriptible, en los que nos defendemos de esa compasión-, en los que encontramos que nuestra seriedad es más peligrosa que cualquier ligereza. Nosotros querémos, en lo posible, eliminar el sufrimiento -y no hay ningún en "lo posible" más loco que ése-; ¿y nosotros? -¡parece cabalmente que nosotros preferimos que el sufrimiento sea más grande y peor que lo ha sido nunca! el bienestar, tal como nosotros lo entendemos -¡eso no es, desde luego, una meta, eso nos parece a nosotros un final!  Un estado que enseguida vuelve ridículo y despreciable al hombre, -¡que hace desear el ocaso de éste! La disciplina del sufrimiento, del gran sufrimiento -¿no sabémos que esa únicamente esa disciplina es la que ha creado hasta ahora todas las elevaciones del hombre? Aquella tensión del alma en la infelicidad, que es la que le inculca su fortaleza, los estremecimientos del alma ante el espectáculo de la gran ruina, su inventiva y valentía en el soportar, perseverar, interpretar, aprovechar la desgracia, así como toda la profundidad, misterio, máscara, espíritu, argucia, grandeza que le han sido donados al alma?: -¿no le han sido donados bajo sufrimiento, bajo la disciplina el gran sufrimiento? Criatura y creador están unidos en el hombre: en el hombre hay materia, fragmento, exceso, fango, basura, sinsentido, caos; pero en el hombre hay también un creador, un escultor, dureza de martillo, dioses-espectadores y séptimo día: -¿entiendan esa antítesis? ¿Y que nuestra compasión se dirige a la "criatura en el hombre", a aquello que tiene que ser configurado, quebrado, forjado, arrancado, quemado, abrasado, purificado, a aquello que necesariamente tiene que sufrir y que debe sufrir? Y nuestra compasión -¿no se dan cuenta de a qué se dirige nuestra opuesta compasión cuando se vuelve contra nuestra compasión considerándola como el más perverso de todos los reblandecimientos y debilidades? -¡Así, pues, compasión contra pasión! -Pero, dicho una vez más, hay problemas más altos que todos los problemas del placer, del sufrimiento y de la compasión; y toda la filosofía que no aboque a ellos es una ingenuidad.

 

 

 

Monday, February 26, 2007 

El conocimiento más profundo parece necesariamente -¡y debe parecer! una tontería y, en determinadas circunstancias, un crimen cuando llega indebidamente a oídos de quienes no están hechos ni predestinado para él.

Lo esotérico y lo exotérico, distinción esta que se hacía antiguamente entre los filósofos, tanto entre los indios como entre los griegos, persas y musulmanes, en suma, en todos los sitios donde se creía en un orden jerárquico y no en la igualdad y en los derechos iguales, -no se diferencian entre sí tanto porque porque el exotérico se encuentre fuera y sea desde fuera, no desde dentro, desde donde él ve, aprecia, mide y juzga las cosas: lo más esencial es que él ve las cosas desde abajo arriba, -¡el esotérico, en cambio, de arriba abajo! Hay alturas del alma que hacen que, vista desde ellas, hasta la tragedia deje de producir un efecto trágico; y si se concentrase en unidad todo el dolor del mundo, ¿a quién le sería lícito atreverse a decidir si su aspecto induciría y forzaría necesariamente a la compasión y, de este modo, a una duplicación del dolor?...

Lo que sirve de alimento o de tónico a una especie superior de hombres tiene que ser casi un veneno para una especie muy diferente de aquélla e inferior. Las virtudes del hombre vulgar significarían tal vez vicios y debilidades en un hombre superior; sería posible que un hombre de alto linaje, sólo en el supuesto de que llegase a degenerar y sucumbir, adquiriese propiedades por razón de las cuales fuese necesario venerarlo desde ese momento como santo en el mundo inferior a que había descendido.

Hay libros que tienen un valor inverso para el alma y para la salud, según que de ellos se sirvan el alma inferior, la fuerza vital inferior, o el alma superior y más poderosa: en el primer caso son libros peligrosos, corrosivos, disolventes, en el segundo, llamadas de heraldo que invitan a losmás valientes a mostrar su valentía. Los libros para todos son siempre libros que huelen mal: el olor de las gentes pequeñas se adhiere a ellos. En los lugares donde el pueblo come y bebe, e incluso donde rinde veneración, suele heder. No debemos entrar en iglesias si queremos respirar aire puro.

 

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Dado que desde que hay hombres ha habido también en todos los tiempos rebaños humanos (agrupaciones familiares, comunidades, estirpes, pueblos, Estados, Iglesias), y que siempre los que han obedecido han sido muchísimos en relación con el pequeño número de los que han mandado, -teniendo en cuenta, por lo tanto, que la obediencia ha sido hasta ahora la mejor y más prolongadamente ensayada y cultivada entre los hombres, es lícito presuponer en justicia que, hablando en general, cada uno lleva ahora innata en sí la necesidad de obedecer, cual una especie de conciencia formal que ordena: "se trate de lo que se trate, debes hacerlo incondicionalmente, o abstenerte de ello incondicionalmente", en otras palabras, "tú debes".

Esta necesidad sentida por el hombre intenta saturarse y llenar su forma con un contenido; en esto, de acuerdo con su fortaleza, su impaciencia y su tensión, en esta necesidad actúa de manera poco selectiva, como un apetito grosero, y acepta lo que le grita al oído cualquiera de los que mandan -padres, maestros, leyes, prejuicios estamentales, opiniones públicas-. La extraña limitación del desarrollo humano, el carácter indeciso, lento, a menudo regresivo y tortuoso de ese desarrollo descansa en el hecho de que el instinto gregario de obediencia es lo que mejor se hereda, a costa del arte de mandar. Si imaginamos ese instinto llevada hasta sus últimas aberraciones, al final faltarán hombres que manden y sean independientes, o éstos sufrirán interiormente de  mala conciencia y tendrán necesidad, para poder mandar, de simularse a sí mismos un engaño, a saber: el de que también ellos se limitan a obedecer.

 

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El hombre perteneciente a una época de disolución, la cual mezcla unas razas con otras, el hombre que, por ser tal, lleva en su cuerpo la herencia de una ascendencia multiforme, es decir, instintos y criterios de valor antitéticos y, a menudo, ni siquiera sólo antitéticos, que se combaten recíprocamente y raras veces se dan descanso, -tal hombre de las culturas tardías y de las luces refractadas será de ordinario un hombre bastante débil: su aspiración más radical consiste en que la guerra que él es finalice alguna vez; la felicidad se le presenta ante todo, de acuerdo con una medicina y una mentalidad tranquilizantes (por ejemplo epicúreas o cristianas), como la felicidad del reposo, de la tranquilidad, de la saciedad, de la unidad final, como el "sábado de los sábados", para decirlo con el santo retórico Agustín, que era, él mismo, uno de esos hombres. -Si, en cambio, la antítesis y la guerra actúan en una naturaleza de ese género como un atractivo y un estimulante más de la vida, -y si, por otro lado, una auténtica maestría y sutileza en guerrear consigo mismo, es decir, en el dominarse a sí mismo, en engañarse a sí mismo, se añaden, por herencia y por crianza, a sus instintos poderosos e inconciliable: entonces surgen aquellos seres mágicamente inaprehensibles e inimaginables, aquellos hombres enigmáticos predestinados a vencer y a seducir, cuya expresión más bella son Alcíbiades y Cesar (-a quienes me gustaría añadir aquel que fue, para mi gusto, el primer europeo, Federico II Hohenstaufen), y, entre artistas, tal vez Leonardo da Vinci. Ellos aparecen cabalmente en las mismas épocas en que ocupa el primer plano aquél tipo más débil, con su deseo de reposo: ambos tipos se hallan relacionados entre sí y surgen de causas idénticas.

Wednesday, December 13, 2006 
 

Encuentro con uno mismo.

Para vivir espiritualmente, para ver las cosas como son, dentro y fuera de uno mismo, y obrar adecuadamente, se requieren el coraje y la madurez de autoconocerse. Y este autoconocimiento es encuentro con uno mismo. Con intrepidez, energía y ecuanimidad el ser humano tiene que explorar su interioridad y ver cara a cara sus mentiras y autoengaños, sus celos y temores, sus apegos y aversiones. Cuando una persona ve y toma consciencia de su realidad procede con madurez y responsabilidad.

Muchas personas llenan sus vidas con toda clase de actividades, y muchas son las que se sirven de esas actividades para huir de sí mismas. La hiperactividad es un escape muy frecuente en nuestra sociedad. Entonces se entrega uno tanto a la actividad que así no hay lugar para entregarse al conocimiento de sí mismo. Es un ardid que también sirve para enmascarar problemas internos y externos, para no mirar en uno mismo y no enfrentar circunstancias vitales de otro orden. Pero aquello de lo que se huye no desaparece ni se debilita, sino que, por el contrario, se fortalece.

La propia energía debería encauzarse sabia y consistentemente hacia el encuentro con uno mismo. Sólo así se pueden resolver situaciones internas y externas que nadie puede resolver por nosotros. Al irnos encontrando, nos iremos conociendo, y mediante el autoconocimiento comenzaremos a obrar apropiadamente. Si nos ocultamos nuestra propia esencia nos habremos convertido en nuestro peor enemigo y habremos desaprovechado la oportunidad de esta vida para ser conscientes y obrar adecuadamente.

Tuesday, November 07, 2006 

 

  

En todos los países de Europa, y asimismo de América, hay ahora gente que abusa del nombre de filósofo. Son una especie de espíritus muy estrecha, muy prisionera, muy encadenada, que quieren aproximadamente lo contrario de lo que está en nuestras intenciones e instintos, - para no hablar de que, por lo que respecta a esos filósofos nuevos, que están emergiendo en el horizonte, ellos tienen que ser ventanas cerradas y puertas con el cerrojo corrido. Para decirlo pronto y mal, niveladores es lo que son esos falsamente llamados "espíritus libres" - como esclavos elocuentes y plumíferos que son del gusto democrático y de sus "ideas modernas": todos ellos son hombre carentes de soledad, de soledad propia, torpes y bravos mozos a los que no se les debe negar ni valor ni costumbres respetables, sólo que son, cabalmente, gente no libre y ridículamente superficial, sobre todo en su tendencia básica a considerar que las formas de la vieja sociedad existente hasta hoy son más o menos la causa de toda la miseria y fracaso humanos: ¡con lo cual la verdad viene a quedar felizmente cabeza abajo! A lo que ellos querrían aspirar con todas sus fuerzas es a la universal y verde felicidad -prado del rebaño, llena de seguridad, libre de peligro, repleta de bienestar y facilidad de vivir para todo el mundo: sus dos canciones y doctrinas más repetidamente canturreadas se llaman "igualdad de derechos" y "compasión con todo lo que sufre" -y el sufrimiento mismo es considerado por ellos como algo que hay que eliminar. Nosotros los opuestos a ellos, que hemos abierto nuestros ojos y conciencia al problema de en qué lugar y de qué modo ha venido hasta hoy la planta "hombre" creciendo de la manera más vigorosa hacia la altura, opinamos que esto ha ocurrido siempre en condiciones opuestas, opinamos que, para que esto se realizase, la peligrosidad de su situación tuvo que aumentar antes de manera gigantesca, que su energía de invención y de simulación (su "espíritu"-) tuvo que desarrollarse, bajo una presión y una coacción prolongadas, hasta convertirse en algo sutil y temerario, que su voluntad de vivir tuvo que identificarse hasta llegar a la voluntad incondicional de poder: -nosotros opinamos que dureza, violencia, esclavitud, peligro en la calle y en los corazones, ocultación, estoicismo, arte de tentador y diabluras de toda especie, que todo lo malvado, terrible, tiránico, todo lo que de animal rapaz y de serpiente hay en el hombre sirve a la elevación de la especie "hombre" tanto como su contrario: -y cuando decimos tan sólo eso no decimos ni siquiera bastante, y, en todo caso, con nuestro hablar y nuestro callar en este lugar nos encontramos en el otro extremo de toda ideología moderna y de todos los deseos gregarios.

 

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La fe cristiana es, desde el principio, sacrificio: sacrificio de toda libertad, de todo orgullo, de toda autocerteza de espíritu; a la vez sometimiento y escarnio de sí mismo, mutilación de sí mismo. Hay crueldad y hay fenicismo religioso en esa fe, exigida a una conciencia reblandecida, compleja y muy mimada. En ella hay mucho del genuino olor tierno y sofocante que exhalan los rezadores y las almas pequeñas.

 

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Crear, esa es la gran redención del sufrimiento, así es como se vuelve ligera la vida. Mas para que el creador exista son necesarios sufrimiento y muchas transformaciones.

¡Sí, muchos amargos morires tiene que haber en nuestra vida, creadores. Para ser el hijo que vuelve a nacer, para ser eso el creador mismo tiene que ser también la parturienta y los dolores de la parturienta.

En verdad, a través de cien almas he recorrido mi camino, y a través de cien cunas y dolores de parto. Muchas son las veces que me he despedido, conozco las horas finales que desgarran el corazón.

Pero así lo quiere mi voluntad creadora, mi destino. O, para decíroslo con mayor honestidad: justo tal destino -es el que mi voluntad quiere.

Todo lo sensible en mí sufre y se encuentra en prisiones: pero mi querer viene siempre a mí como mi liberador y portador de alegría.

Friday, October 27, 2006 

Category: Blogging

 

 

  

Las cosas grandes están reservadas a los grandes, los abismos, a los profundos, las delicadezas y estremecimientos, a los sutiles, y, en general, y dicho brevemente, lo raro a los raros.

 

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Signos de aristocracia: no pensar nunca en rebajar nuestros deberes a deberes de todo el mundo; no querer ceder, no querer compartir la responsabilidad propia; contar entre los deberes propios los privilegios propios y el ejercicio de esos privilegios.

 

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Quien no quiere ver lo elevado de un hombre fija su vista de un modo tanto más penetrante en aquello que en él es bajo y superficial -y con ello se delata.

 

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"¡Mal! ¡Mal! ¡Cómo?, ¿no va -hacia atrás?" -¡Sí! Pero entendéis mal a ese hombre cuando os quejáis de eso. Va hacia atrás como todo aquél que quiere dar un gran salto.

 

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Lo trágico es lo más profundo. La tragedia clásica nos pone en contacto con lo más hondo de la existencia. Y Dios, es un Dios-artista, que se sitúa más allá de cualquier valor ético que hallamos constituido. La soberanía de Dios y su placer son idénticos, pues el placer se produce porque el acto creativo descarga la necesidad y el sufrimiento que produce la posibilidad de creación.

 

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No es la intensidad, sino la duración del sentimiento elevado lo que constituye a los hombres elevados.

 

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Por lo que más se nos castiga es por nuestras virtudes.

 

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El fariseísmo no es una degeneración que aparezca en el hombre bueno: una buena porción de fariseísmo es, antes bien, la condición de todo ser bueno.

 

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Uno busca a alguien que le ayude a dar a luz a sus pensamientos, otro, a alguien a quien poder ayudar: así es como surge una buena conversación -¿amistad?.

 

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Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también mira éste dentro de ti.

 

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Lo que se hace por amor acontece siempre más allá del bien y del mal.

 

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La objeción, la travesura, la desconfianza jovial, el gusto por la broma son indicios de salud: todo lo incondicional pertenece a la patología.

 

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La demencia es algo raro en los individuos, -pero en los grupos, los partidos, los pueblos, las épocas constituye la regla.

 

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A nuestro instinto más fuerte, al tirano que hay dentro de nosotros, se somete no sólo nuestra razón, sino nuestra consciencia.

 

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No amamos ya bastante nuestro conocimiento tan pronto como lo comunicamos.

 

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"Nuestro prójimo no es nuestro vecino, sino el vecino de nuestro vecino" -así piensa todo el pueblo

 

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Jesús dijo a sus judíos: "La Ley era para esclavos, -¡amad a Dios como lo amo yo, como hijo suyo! ¡Qué nos importa la moral a nosotros los hijos de Dios!

 

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En los hombres duros la intimidad es una cuestión de pudor y algo precioso.

 

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En un hombre de conocimiento la compasión casi produce risa, como en un cíclope las manos delicadas.

 

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En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado.

 

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Las consecuencias de nuestros actos nos agarran por los cabellos, harto indiferentes a que entretanto nosotros nos hayamos "mejorado".

 

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La familiaridad del superior resulta amarga porque no es lícito corresponder a ella.

 

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Hay una petulancia de la bondad que se presenta como maldad.

 

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"Sólo es posible estimar verdaderamente a quien no se busca a sí mismo." -Goethe al consejero Schlosser.

Thursday, October 12, 2006 

¡Un bien y un mal que fuesen imperecederos no existen! Por sí mismos deben una y otra vez superarse a sí mismos.

Con vuestros valores y vuestras palabras del bien y del mal ejercéis violencia, valoradores: y ése es vuestro oculto amor, y el brillo, el temblor y el desbordamiento de vuestra propia alma.

Pero una violencia más fuerte surge de vuestros valores, y una nueva superación: al chocar con ella se rompen el huevo y la cáscara de lo viejo y caduco.

Y quien tiene que ser un creador en el bien y en el mal: en verdad, ése tiene que ser antes un aniquilador y quebrantador de valores.

¡Y que caiga hecho pedazos todo lo que en nuestras verdades pueda caer hecho pedazos! ¡Hay muchas casas que construir todavía!

 

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En mi peregrinación a través de las numerosas morales, más delicadas y más groseras, que hasta ahora han dominado o continúan dominando en la tierra, he encontrado ciertos rasgos que se repiten juntos y que van asociados con regularidad: hasta que por fin se me han revelado dos tipos básicos y se ha puesto de relieve una diferencia fundamental. Hay una moral de señores y una moral de esclavos; - me apresuro a añadir que en todas las culturas más altas y más mezcladas aparecen también intentos de mediación entre ambas morales, y que con más frecuencia todavía aparecen la confusión de esas morales y su recíproco malentendido, y hasta a veces una ruda yuxtaposición entre ellas -incluso en el mismo hombre, dentro de una sola alma. Las diferenciaciones morales de los valores han surgido, o bien entre una especie dominante, la cual adquirió consciencia, con un sentido de bienestar, de su diferencia frente a la especie dominada - o bien entre los dominados, los esclavos y los subordinados de todo grado.

En el primer caso, cuando los dominadores son quienes definen el concepto de "bueno", son los estados psíquicos elevados y orgullosos los que son sentidos como aquello que distingue y que determina la jerarquía. El hombre aristocrático separa de sí a aquellos seres en lo que se expresa lo contrario de tales estados elevados y orgullosos: desprecia a esos seres. Obsérvese enseguida que en esta primera especie de moral la antítesis "bueno" y "malo" es sinónima de aristocrático y "despreciable": -la antítesis "bueno" y "malvado" es de otra procedencia. Es despreciado el cobarde, el miedoso, el mezquino, el que piensa en la estrecha utilidad; también el desconfiado de mirada servil, el que se rebaja a sí mismo, la especie canina de hombre que se deja maltratar, el adulador que pordiosea, ante todo el mentiroso: -creencia fundamental de todos los aristócratas es que el pueblo vulgar es mentiroso. "Nosotros los veraces" -éste el nombre que se daban a sí mismos los nobles en la antigua Grecia. Es evidente que las calificaciones morales de los valores se aplicaron en todas partes primero a seres humanos y sólo de manera tardía y derivada a las acciones: por lo cual constituye un craso desacierto el que los historiadores de la moral partan de preguntas como "¿Por qué ha sido alabada la acción compasiva?".

La especie aristocrática de hombre se siente a sí misma como determinadora de los valores, no tiene necesidad de dejarse autorizar, su juicio es: "lo que me es perjudicial a mí, es perjudicial en sí", sabe que ella es la que otorga dignidad en absoluto a las cosas, ellas es creadora de valores. Todo lo que conoce que hay en ella misma lo honra: semejante moral es autoglorificación. En primer plano se encuentran el sentimiento de la plenitud, del poder que quiere desbordarse, la felicidad de la tensión elevada, la consciencia de una riqueza que quisiera regalar y repartir: -también el hombre aristocrático socorre al desgraciado, pero no, o casi no, por compasión, sino más bien por un impulso engendrado por el exceso de poder. El hombre aristocrático honra en sí mismo al poderoso, también al poderoso que tiene poder sobre él, que es diestro en hablar y en callar, que se complace en ser riguroso y duro consigo mismo y siente veneración por todo lo riguroso y duro. "Wotan me ha puesto un corazón duro en el pecho", se dice en una antigua saga escandinava: ésta es la poesía, que brotaba con todo derecho, del alma de un vikingo orgulloso. Esa especie de hombre se siente orgullosa cabalmente de no estar hecha para la compasión: por ello el héroe de la saga añade, con tono de admonición, "el que ya de joven no tiene un corazón duro, no lo tendrá nunca". Los aristócratras y valientes que así piensan están lo más lejos que quepa imaginar de aquella moral que ve el indicio de lo moral cabalmente en la compasión, o en el obrar por los demás, o en el desinterés; la fe en sí mismo, el orgullo de sí mismo, una radical hostilidad y una ironía frente al "desinterés" forman parte de la moral aristocrática, exactamente del mismo modo que un ligero menosprecio y cautela frente a los sentimientos de simpatía y el "corazón cálido". -Los poderosos son los que entienden de honrar, esto constituye su arte peculiar, su reino de invención.

El profundo respeto por la vejez y por la tradición -el derecho entero se apoya en ese doble respeto-, la fe y el perjuicio favorable para con los antepasados y desfavorables para con los venideros son típicos en la moral de los poderosos; y cuando, a la inversa, los hombres de las "ideas modernas" creen de modo casi instintivo en el "progreso" y en el "futuro" y tienen cada vez menos respeto a la vejez, esto delata ya suficientemente la procedencia no aristocrática de esas "ideas". Pero de lo que más hace que al gusto actual le resulte extraña y penosa una moral de dominadores es la tesis básica de ésta de que sólo frente a los iguales se tienen deberes; de que, frente a los señores de rango inferior, frente a todo lo extraño, es lícito actuar como mejor parezca, o "como quiera el corazón", y en todo caso, "más allá del bien y del mal"-: acaso aquí tengan su sitio la compasión y otras cosas del mismo género. La capacidad y el deber de sentir agradecimiento prolongado y una venganza prolongada -ambas cosas sólo entre iguales-, la sutileza en la represalia, el refinamiento conceptual en la amistad, una cierta necesidad de tener amigos (como canales de desagüe, por así decirlo, para los afectos denominados envidia, belicosidad, altivez -en el fondo para poder ser amigo-: todos esos son caracteres típicos de la moral aristocrática, la cual, como ya hemos insinuado, no es la moral de las "ideas modernas", por lo cual hoy resulta difícil sentirla y también es difícil desenterrarla y descubrirla.

Las cosas ocurren de modo distinto en el segundo tipo de moral, la moral de esclavos. Suponiendo que los atropellados, los oprimidos, los dolientes, los serviles, los inseguros y cansados de sí mismos moralicen: ¿cuál será el carácter común de sus valoraciones morales? Probablemente se expresará aquí una suspicacia pesimista frente a la entera situación del hombre, tal vez una condena del hombre, así como de la situación en que se encuentra. La mirada del esclavo no ve con buenos ojos las virtudes del poderoso: esa mirada posee escepticismo y desconfianza, es sutil en su desconfianza frente a todo lo "bueno" que allí es honrado-, quisiera convencerse que la felicidad allí no es auténtica. A la inversa, las propiedades que sirven para aliviar la existencia de quienes sufren son puestas de relieve e inundadas de luz: es la compasión, la mano afable y socorredora, el corazón cálido, la paciencia, la diligencia, la humildad, la amabilidad lo que aquí se honra, pues estas propiedades son aquí las más útiles y casi los únicos medios para soportar la presión de la existencia. La moral de esclavos es, en lo esencial, una moral de la utilidad. Aquí reside el hogar donde tuvo su génesis aquella famosa antítesis "bueno" y "malvado": -se considera del mal forma parte el poder y la peligrosidad, así como una cierta terribilidad y una sutilidad y fortaleza que no permiten que aparezca el desprecio. Así, pues, según la moral de los esclavos, el "malvado" inspira temor; según la moral de señores, es cabalmente "bueno" el que inspira y quiere inspirar temor; mientras que el hombre "malo" es sentido como despreciable. La antítesis llega a su cumbre cuando, de acuerdo con la consecuencia propia de la moral de esclavos, un soplo de menosprecio acaba por adherirse también al "bueno" de esa moral -menosprecio que puede ser ligero y benévolo-, porque, dentro del modo de pensar de los esclavos, el bueno tiene que ser en todo caso el hombre no peligroso: el bueno es bonachón, fácil de engañar, acaso un poco estúpido, un buen hombre. En todos los lugares en que la moral de esclavos consigue la preponderancia el idioma muestra una tendencia a aproximar entre sí las palabras "bueno" y "estúpido".

Última diferencia fundamental: el anhelo de libertad, el instinto de la felicidad y de las sutilezas del sentimiento de libertad forman parte de la moral y de la moralidad de esclavos con la misma necesidad con que el arte y el entusiasmo en la veneración, en la entrega, son el síntoma normal de un modo aristocrático de pensar y valorar. -Ya esto nos hace entender por qué el amor como pasión -es nuestra especialidad europea- tiene que tener sencillamente una procedencia aristocrática: como es sabido, su invención es obra de los poetas -caballeros provenzales, de aquellos magníficos e ingeniosos hombres del "gai saber", a los cuales debe Europa tantas cosas y casi su propia existencia.

 

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Mientras la utilidad que domine en los juicios morales de valor sea sólo la utilidad del rebaño, mientras la mirada esté dirigida exclusivamente a la conservación de la comunidad, y se busque lo inmoral precisa y exclusivamente en lo que parece peligroso para la subsistencia de la comunidad: mientras esto ocurra, no puede haber todavía una "moral de amor al prójimo".

El "amor al prójimo" es siempre en relación con el "temor al prójimo".  Cuando la estructura de la sociedad en su conjunto ha quedado consolidada y aparece asegurada contra peligros exteriores, es este "temor a prójimo" el que vuelve a crear nuevas perspectivas de valoración moral. Ciertos instintos fuertes y peligrosos, como el placer de acometer empresas, la audacia loca, el ansia de venganza, la astucia, la rapacidad, la sed de poder, que hasta ahora tenían que ser no sólo honrados -bajo nombres distintos, como es obvio, a los que acabamos de escoger- sino desarrollados y cultivados en un sentido de utilidad colectiva (porque cuando el todo estaba en peligro se tenía constante necesidad de ellos para defenderse contra los enemigos del todo), son sentidos a partir de ahora, con reduplicada fuerza, como peligrosos -ahora, cuando faltan los canales de derivación para ellos-   y paso a paso son tachados de inmorales y entregados a la difamación. Los instintos e inclinaciones antitéticos de ellos alcanzan ahora honores morales; el instinto de rebaño saca paso a paso su consecuencia. El grado mayor o menor de peligro que para la comunidad, que para la igualdad hay en una opinión, en un estado de ánimo y en un afecto, en una voluntad, en un don, eso es lo que ahora constituye la perspectiva moral: también aquí el miedo vuelve a ser el padre de la moral.

Cuando los instintos más elevados y más fuertes, irrumpiendo apasionadamente, arrastran al individuo más allá y por encima del término medio y de la hondonada de la conciencia gregaria, entonces, el sentimiento de la propia dignidad de la comunidad se derrumba, y su fe en sí misma, su espina dorsal, por así decirlo, se hace pedazos: en consecuencia, a lo que más se estigmatizará y se calumniará será cabalmente a tales instintos.

La espiritualidad elevada e independiente, la voluntad de estar solo, la gran razón son ya sentidas como peligro; todo lo que eleva al individuo por encima del rebaño e infunde temor al prójimo es calificado, a partir de este momento, como malvado; los sentimientos equitativos, modestos, sumisos, igualitaristas, la mediocridad de los apetitos alcanzan ahora nombres y honores morales.

Finalmente, en situaciones de mucha paz faltan cada vez más la ocasión y la necesidad de educar nuestro propio sentimiento para el rigor y la dureza; y ahora todo rigor, incluso en la justicia, comienza a molestar a la consciencia; una aristocracia y una autorresponsabilidad elevadas y duras son cosas que casi ofenden y que despiertan desconfianza, el "cordero" y, más todavía, la "oveja" ganan en consideración. Hay un punto en la historia de la sociedad en el que el reblandecimiento y el languidecimiento enfermizos son tales que ellos mismos comienzan a tomar partido  a favor de quien los perjudica, a favor del criminal, y lo hacen, desde luego, de manera seria y honesta. Castigar: eso les parece inicuo en cierto sentido, -la verdad es que la idea del "castigo" y del "deber castigar" les causa daño, les produce miedo. "¿No basta con volver no-peligroso al criminal? ¿Para qué castigarlo además? ¡El castigar es cosa terrible!" -la moral del rebaño, la moral del temor, saca su última consecuencia con esa interrogación. Suponiendo que fuera posible llegar a eliminar el peligro, el motivo de temor, entonces se habría eliminado también esa moral: ¡ya no sería necesaria, ya no se consideraría a sí misma necesaria!

Quien examine la conciencia del europeo actual habrá de extraer siempre, de mil pliegues y escondites morales, idéntico imperativo, el imperativo del temor gregario: "¡queremos que alguna vez no haya ya nada que temer!" Alguna vez  -la voluntad y el camino que conducen hacia allá llámase hoy, en todas partes de Europa, "progreso".

 

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La falsedad de un juicio no es para nosotros ya una objeción contra el mismo; acaso sea en esto en lo que más extraño suene nuestro nuevo lenguaje. La cuestión está en saber hasta qué punto ese juicio, favorece la vida, conserva la vida, conserva la especie, quizá incluso selecciona la especie; y nosotros estamos inclinados por principio a afirmar que los juicios más falsos (de ellos forman parte los juicios sintéticos a priori) son los más imprescindibles para nosotros, que el hombre no podría vivir si no admitiese las ficciones lógicas, si no midiese la realidad con la medida del mundo puramente inventado de lo incondicionado, idéntico-a-sí-mismo, si no falsease permanentemente le mundo mediante el número, - que renunciar a los juicios falsos sería renunciar a la vida, negar la vida. Admitir que la no-verdad es condición para la vida: esto significa, desde luego, enfrentarse de modo peligroso a los sentimiento de valor habituales; y una filosofía que osa hacer esto se coloca, ya sólo con ello, más allá del bien y del mal.

 

 

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En un hombre destinado y hecho para mandar, por ejemplo, el negarse a sí mismo y el posponerse modestamente no sería una virtud, sino la disipación de una virtud: así me parece a mi. Toda moral no egoísta que se considere a sí mima incondicional y que se dirija a todo el mundo no peca solamente contra el gusto: es una incitación a cometer  pecados de omisión, es una seducción más. bajo la máscara de la filantropía -y cabalmente una seducción y un daño de los hombres superiores más raros, más privilegiados. A las morales hay que forzarlas a que se inclinen sobre todo ante la jerarquía, hay que meterles en la conciencia su presunción, -hasta que todas acaben viendo con claridad que es inmoral decir: "Lo que es justo para uno es justo para otro"- Así dice mi pedante y buenhombre moralista: ¿merecería sin duda que nos riésemos de él cuando así predicaba la moralidad de las morales? Mas si queremos tener de nuestro lado a los que ríen no debemos tener demasiada razón; una pizca de falta de razón forma parte incluso del buen gusto.

 

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Ninguno de esos animales de rebaño, torpes, inquietos en su consciencia (que pretenden defender la causa del egoísmo como causa del bienestar general-), quiere saber ni oler nada de que "el bienestar general" no es un ideal, ni una meta, ni un concepto aprehensible de algún modo, sino únicamente un vomitivo, -de que lo que es justo para un no puede ser de ningún modo justo para otro, de que exigir una misma moral para todos equivale a lesionar cabalmente a los hombres superiores, en suma, de que existe un orden jerárquico entre un hombre y otro hombre y, en consecuencia, también entre una moral y otra moral.

Thursday, October 12, 2006 

Category: Blogging

Toda elevación del tipo "hombre" ha sido hasta ahora obra de una sociedad  aristocrática -y así lo seguirá siendo siempre: es ésa una sociedad que cree en una larga escala de jerarquía y de diferencia de valor entre un hombre y otro hombre y que, en cierto sentido, necesita de la esclavitud. Sin ese pathos de la distancia que surge de la antigua y arraigada diferencia entre los estamentos, de la permanente mirada a lo lejos y hacia abajo dirigida por la clase dominante sobre los súbditos e instrumentos, y de su ejercitación, asimismo permanente, en el obedecer y el mandar, en el mantener a los otros subyugados y distanciados, no podría surgir tampoco en modo alguno aquel otro pathos misterioso, aquel deseo de ampliar constantemente la distancia dentro del alma misma, la elaboración de estados siempre más elevados, más raros, más lejanos, más amplios, más abarcadores, en una palabra, justamente la elevación del tipo "hombre", la continua "auto-superación del hombre", para emplear en sentido sobremoral una fórmula de moral.

Ciertamente: no es lícito entregarse a embustes humanitarios en lo referente a la historia de la génesis de una sociedad aristocrática (es decir, del presupuesto de aquella elevación de tipo "hombre"-): la verdad es dura. ¡Digámoslo sin miramientos de qué modo ha comenzado hasta ahora en la tierra toda cultura superior! Hombres dotados de una naturaleza todavía natural, bárbaros en todos los sentidos terribles de esta palabra, hombres de presa poseedores todavía de fuerzas de voluntad y de apetitos de poder intactos, lanzáronse sobre razas más débiles, más civilizadas, más pacíficas, tal vez dedicadas al comercio o al pastoreo, o sobre viejas culturas marchitas, en las cuales cabalmente se extinguía la última fuerza vital en brillantes fuegos artificiales de espíritu y de corrupción.

La casta aristocrática ha sido siempre al comienzo la casta de los bárbaros: su preponderancia no residía ante todo en la fuerza física, sino en la fuerza psíquica -eran hombres más enteros (lo cual significa también, en todos los niveles, "bestias más enteras".

 

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A riesgo de descontentar a oídos inocentes yo afirmo esto: de la esencia del alma aristocrática forma parte el egoísmo, quiero decir, aquella creencia inamovible de que a un ser como "nosotros lo  somos" tienen que estarle sometidos por naturaleza otros seres y tienen que sacrificarse a él. El alma aristocrática acepta este hecho de su egoísmo sin ningún signo de interrogación y sin sentimiento alguno de dureza, coacción, arbitrariedad, antes bien, como algo que seguramente está fundado en la ley primordial de las cosas: -si buscase un nombre para designarlo diría: "es la justicia misma". En determinadas circunstancias, que al comienzo la hacen vacilar, ese alma se confiesa que hay quienes tienen idénticos derechos que ella; tan pronto como ha aclarado esta cuestión de rango, se mueve entre esos iguales, dotados de derechos idénticos, con la misma seguridad en el pudor y en el respeto delicado que tiene en el trato consigo misma, -todo astro es un egoísta de ese género-: se honra a sí misma en ellos y en los derechos que ella les concede, no duda de que el intercambio de honores y derechos, esencia de todo trato forma parte asimismo del estado natural de las cosas. El alma aristocrática da del mismo modo que toma, partiendo del apasionado y excitable instinto de corresponder a todo que reside en el fondo de ella.

Inter pares (entre iguales) el concepto de "gracia" no tiene sentido ni buen olor; acaso haya una manera sublime de dejar descender sobre sí los regalos desde arriba, por así decirlo, y beberlos ávidamente cual si fueran gotas: mas el alma aristocrática carece de habilidad para ese arte y ese gesto. Su egoísmo se lo impide: en general mira a disgusto hacia "arriba", -mira, o bien ante sí, de manera horizontal y lenta, o bien hacia abajo: -ella se sabe en la altura.

 

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La soberbia y la náusea espirituales de todo hombre que haya sufrido profundamente -la jerarquía casi viene determinada por el grado de profundidad a que pueden llegar los hombres en su sufrimiento-, su estremecedora certeza, quelo impregna y colorea completamente, de saber más, merced a su sufrimiento, que lo que pueden saber los más inteligentes y sabios, de ser conocido y de haber estado alguna vez "domiciliado" en muchos mundos lejanos y terribles, de los que "¡vosotros nada sabéis!"...esa soberbia espiritual y callada del que sufre, ese orgullo del elegido del sufrimiento, del "iniciado", del casi sacrificado, encuentra necesarias todas las formas de disfraz para protegerse del contacto de manos importunas y compasivas y, en general, de todo aquello que no su igual en el dolor. El sufrimiento profundo vuelve aristócratas a los hombres, separa. Una de las formas más sutiles de disfraz es el epicureísmo, así como una cierta valentía del gusto, exhibida a partir de ese momento, la cual toma el sufrimiento a la ligera  y se pone en guardia contra todo lo triste y profundo. Hay "hombres joviales" que se sirven de la jovialidad porque, merced a ella, son malentendidos: -quieren ser malentendidos. Hay "hombres científicos" que se sirven de la ciencia porque ésta proporciona una apariencia jovial y porque el cientifismo lleva a inferir que el hombre es superficial: -quieren inducir a una falsa indiferencia. Hay espíritus libres e insolentes que quisieran ocultar y negar que son corazones rotos, orgullosos, incurables: y a veces la necesidad misma es la máscara usada para encubrir un saber desventurado demasiado cierto. -De lo cual se deduce que a una humanidad más sutil le es inherente el tener respeto "por la máscara" y el no cultivar la psicología y la curiosidad en lugares falsos.

 

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Lo que más profundamente separa a dos seres humanos son un sentido y un grado distintos de limpieza. De nada sirven toda honradez y toda recíproca utilidad, de nada sirve toda buena voluntad del uno para con el otro: en última instancia se está siempre en lo mismo -"¡no pueden olerse!" El supremo instinto de limpieza sitúa a quien lo tiene en el aislamiento más prodigioso y peligroso, com si fuese un santo: pues la santidad es cabalmente eso -la espiritualización suprema del mencionado instinto. Una cierta consciencia de una indescriptible plenitud en la felicidad del baño, un cierto ardor y una cierta sed que empujan constantemente al alma a salir de la noche y entrar en la mañana, a salir de lo turbio, de la "tribulación", y entrar en lo claro, lo resplandeciente, lo profundo, lo sutil: -esa inclinación, en la misma medida en que distingue -es una inclinación aristocrática- también separa.

La compasión propia del santo es la compasión por la suciedad de lo humano, demasiado humano. Y hay grados y alturas en los que la compasión misma es sentida por él como contaminación, como suciedad.

 

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Entre las cosas que tal vez le resulten más difíciles de comprender a un hombre aristocrático está la vanidad: se sentirá tentado incluso a negarla incluso allí donde otra especie de hombre cree asirla con ambas manos. El problema para el hombre aristocrático consiste en representarse unos seres que buscan despertar acerca de sí mismos una buena opinión que ellos mismos no tienen de sí -y por lo tanto, tampoco "merecen"-, y que posteriormente creen, sin embargo, en esa buena opinión.

Esto le parece al hombre aristocrático, por un lado, algo tan falto de gusto y de respeto para consigo mismo, y, por otro, algo tan barrocamente irracional que le gustaría concebir la vanidad como una excepción, y en la mayoría de los casos en que se habla de ella, la pone en duda. Dirá, por ejemplo: "Yo puedo equivocarme sobre mi valor y, por otro lado, exigir, sin embargo, que mi valor sea reconocido también por otros exactamente tal y como yo lo establezco, -pero eso no es vanidad (sino presunción o, en los casos más frecuentes, eso que se llama "humildad" o también "modestia"). O también: "Yo puedo alegrarme, por muchas razones, de la buena opinión de los demás sobre mí, acaso porque los honro y amo y me alegro de cada una de sus alegrías, acaso también porque su buena opinión confirma y refuerza en mí la fe en mi propia buena opinión, acaso porque la buena opinión de los otros, incluso en los casos en que yo no lo comparta, me es útil o promete serlo, -pero nada de esto es vanidad".

De manera forzada, especialmente con ayuda de la ciencia histórica, es como el hombre aristocrático tiene que formarse la idea de que, desde tiempos inmemoriales, en todas las capas populares dependientes de alguna manera el hombre vulgar era sólo aquello que valía: -no estando habituado de ningún modo a establecer valores por sí mismo, el hombre vulgar ni siquiera a sí mismo se atribuía un valor distinto del que sus señores le atribuían (el auténtico derecho señorial es el de crear valores). Sin duda habrá que considerar como consecuencia de un atavismo enorme el hecho de que, todavía ahora, el hombre ordinario continúe aguardando siempre una opinión acerca de sí, y luego se someta instintivamente a ella: pero no tan sólo, en modo alguno, a una "buena" opinión, sino también a una opinión mala e injusta (piénsese, por ejemplo, en la mayor parte de las autoapreciaciones que las mujeres crédulas aprenden de sus confesores, y que en general el cristiano crédulo aprende de su Iglesia).

De hecho, ahora, merced a la lenta aparición en el orden democrático de las cosas ( de su causa, la mezcla de sangre entre señores y esclavos), el impulso originariamente aristocrático y raro de atribuirse un valor a sí mismo y a "pensar bien" de sí se verá adelantado y se extenderá cada vez más: pero ese impulso tiene en todo momento contra sí una tendencia más antigua, más amplia, arraigada más básicamente, -y el fenómeno de la "vanidad" esa tendencia más antigua predomina sobre la más reciente.

El vanidoso se alegra de toda buena opinión que oye acerca de sí mismo (totalmente al margen de todos los puntos de vista de la utilidad de esa opinión,y prescindiendo asimismo de que se verdadera o falsa), de igual modo que sufre por toda opinión mala: pues se somete a ambas, se siente sometido a ellas, merced a aquel antiquísimo instinto de sumisión que en él se abre paso. -El "esclavo" que hay en la sangre del vanidoso, residuo de la picardía del esclavo -¡y cuanto "esclavo" perdura aún ahora, por ejemplo, en la mujer!-, ése es el que intenta llevarnos engañosamente a tener buenas opiniones sobre él; es asimismo el esclavo el que luego se prosterna enseguida ante esas opiniones, como si no las hubiera producido. -Y dicho una vez más: la vanidad es un atavismo.

 

 

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Un hombre que aspire a cosas grandes considera a todo aquel con quien se encuentra en su ruta o bien como un medio, o bien como una rémora y obstáculo, -o bien como un lecho pasajero para reposar. Su peculiar bondad, de alto linaje, para con el prójimo sólo es posible cuando él está en su altura y ejerce dominio. La impaciencia, así como su consciencia de haber estado condenado siempre a la comedia hasta aquel momento -pues incluso la guerra es una comedia y sirve de ocultación, de igual modo que todo medio sirve de ocultación a una finalidad-, le echan a perder todo trato humano: esa especie de hombre conoce la soledad y todas las cosas venenosísimas que la soledad tiene en sí.

 

 

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Tenemos que darnos a nosotros mismos nuestras pruebas de que estamos destinados a la independencia y al mando; y hacer esto a tiempo. No debemos eludir nuestras pruebas, a pesar de que acaso sean ellas el juego más peligroso que quepa jugar y sean, en última instancia, sólo pruebas que exhibimos ante nosotros mismos como testigos, y ante ningún otro juez.

No quedar adheridos a ninguna persona: aunque sea la más amada, - toda persona es una cárcel, y también un rincón. No quedar adheridos a ninguna patria, aunque sea la que más sufra y la más necesitada de ayuda, - menos difícil resulta desvincular nuestro corazón de una patria victoriosa. No quedar adheridos a ninguna compasión: aunque se dirigiere a hombres superiores, en cuyo raro martirio y desamparo un azar ha hecho que fijemos nosotros la mirada. No quedar adheridos a ninguna ciencia: aunque nos atraiga hacia sí con los descubrimientos más preciosos, al parecer reservados precisamente a nosotros. No quedar adheridos a nuestro propio desasimiento, a aquella voluptuosa lejanía y extranjería del pájaro que huye cada vez más lejos hacia la altura, a fin de ver más cosas por debajo de sí: - peligro del que vuela. No quedar adheridos a nuestras virtudes ni convertirnos, en cuanto totalidad, en víctimas de cualquiera de nuestras singularidades, por ejemplo de nuestras "hospitalidad": ése es el peligro de los peligros para las almas de elevado linaje y ricas, las cuales se tratan a sí mismas con prodigalidad, casi con indiferencia, y llevan tan lejos la virtud de la liberalidad que la convierten en un vicio. Hay que saber reservarse: ésta es la más fuerte prueba de independencia.

 

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Para los fuertes, los independientes, los preparados y predestinados al mando, en los cuales se encarnan la razón y el arte de una raza dominadora, la religión es un medio más para vencer resistencias, para poder dominar: un lazo que vincula a señores y a súbditos y que denuncia y pone en manos de los primeros las consciencias de los segundos, lo más oculto e íntimo de éstos, que con gusto se sustraería a la obediencia; y en el caso de que algunas naturalezas de esa procedencia aristocrática se inclinen, en razón de una espiritualidad elevada, hacia una vida más aristocrática y contemplativa y se reserven para sí únicamente la especie más refinada de dominio (la ejercida sobre discípulos escogidos o hermanos de Orden), entonces la religión puede ser utilizada incluso como medio de procurarse calma frente al ruido y las dificultades que el modo más grosero de gobernar entraña, así como limpieza frente a la suciedad de todo hacer política. Así lo entendieron, por ejemplo, los bramanes: con ayuda de una organización religiosa se atribuyeron a sí mismos el poder de designarle al pueblo sus reyes, mientras que ellos mismos se mantenían y se sentían aparte y fuera, como hombres destinados a tareas superiores y más elevadas que las del rey. Entretanto la religión proporciona también a una parte de los dominados una guía y una ocasión de prepararse a dominar y a mandar alguna vez ellos, se las proporciona, en efecto, a aquellas clases y estamentos que van ascendiendo lentamente, en los cuales se hallan en continuo aumento, merced a costumbres matrimoniales afortunadas, la fuerza y el placer de la voluntad, la voluntad de autodominio. A ellos les ofrece la religión suficientes impulsos y tentaciones para recorrer los caminos que llevan hacia una espiritualidad más elevada, a saborear los sentimientos de la gran autosuperación, del silencio y de la soledad: ascetismo y puritanismo (fariseísmo) son medios casi ineludibles de educación y ennoblecimiento cuando una raza quiere triunfar de su procedencia plebeya y trabaja por elevarse hacia el futuro dominio. A los hombres ordinarios, en fin, a los más, que existen para servir y para el provecho general, y a los cuales sólo en ese sentido les es lícito existir, les proporciona la religión el don inestimable e sentirse contentos con su situación y modo de ser, una múltiple paz del corazón, un ennoblecimiento de la obediencia, una felicidad y un sufrimiento más, compartidos con sus iguales,y algo de transfiguración y embellecimiento, algo de justificación de la vida cotidiana entera, de toda la bajeza, de toda la pobreza semi-animal de su alma. La religión y el significado religioso de la vida lanzan un rayo de son sobre tales hombres siempre atormentados y les hace soportables incluso su propio aspecto, actúan como suele actuar una filosofía epicúrea sobre personas dolientes de rango superior, produciendo un influjo reconfortante, refinador, que, por así decirlo, saca provecho del sufrimiento y acaba incluso por santificarlo y justificarlo. Quizá no exista ni en el cristianismo ni en el budismo cosa más digna de respeto que su arte de enseñar aun a los más bajos a integrarse por piedad en un aparente orden superior de las cosas y, con ello, a seguir estando contentos con el orden real, dentro del cual llevan ellos una vida bastante dura y, ¡precisamente esa dureza es necesaria!

 

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Un hombre que dice: «Esto me agrada, esto yo me lo apropio y quiero protegerlo y defenderlo contra todos»; un hombre que puede sostener una causa, cumplir una decisión, guardar fidelidad a un pensamiento, retener a una mujer, castigar y abatir a un temerario; un hombre que tiene su cólera y su espada, y al cual los débiles, los que sufren, los oprimidos, también los animales, se allegan con gusto y le pertenecen por naturaleza, en suma, un hombre que por naturaleza es señor, — cuando un hombre así tiene compasión, ¡bien!, ¡esa compasión tiene valor! ¡Qué importa, en cambio, la compasión de los que sufren, ¡O de los que incluso predican compasión! Hay hoy en casi todos los lugares de Europa una sensibilidad y una susceptibilidad morbosas para el dolor, y asimismo una repugnante incontinencia en la queja, un enternecimiento que quisiera adornarse con la religión y con los trastos filosóficos para parecer algo superior, — existe un verdadero culto del sufrimiento. La falta de virilidad de lo que en tales círculos de ilusos se bautiza con el nombre de compasión es lo primero que, a mi parecer, salta siempre a la vista. — Hay que desterrar con energía y a fondo esta novísima especie del mal gusto; y yo deseo en fin que, para combatir esto, la gente se ponga en el corazón y en el cuello el buen amuleto del «gai saber», — la «gaya ciencia», para aclararlo a los alemanes.

Thursday, October 12, 2006 

Muy importante:

La clave de lectura, el secreto para realizar la correcta lectura de estos textos, reside en leerlos y aplicarlos a nuestro interior.

Como es dentro es afuera y como es en el interior es en el exterior: se puede extrapolar hacia la sociedad, pero lo importante es utilizar este conocimiento de forma introspectiva.

Y, si tienes alguna duda con respecto a la aplicación práctica de los textos... lee los evangelios.

 

"Yo camino entre los hombres como entre fragmentos del futuro: de aquel futuro que yo contemplo. Y todos mis pensamientos y deseos tienden a pensar y reunir en unidad lo que es fragmento y enigma y espantoso azar".

 

Aquí os vais a encontrar con una tremenda interrogación plantada al borde del camino que el hombre europeo ha venido recorriendo hasta ahora y que ha estado caracterizado por la herencia de la  Antigüedad y dos mil años de cristianismo. Allí donde este camino parece acabarse vemos sospechosos sus  valores más fundamentales.

Absténganse de entrar en estas letras los que aman más las soluciones que los problemas, y buscan "críticas constructivas", no inquietantes.

Absténganse  jóvenes-viejos, cansados antes de empezar a trabajar

Absténganse neonazis, porque "voluntad de poder" no significa ciertamente ambición de mando, ni brutalidad, ni imposición de una orden.

Absténganse cristianos porque no hallarán aquí ningún consuelo a su medida.

¿Quién puede entonces entrar? Quien ame la verdad, a pesar de lo que pueda doler su conocimiento.

 

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El conocimiento más profundo parece necesariamente -¡y debe parecer! una tontería y, en determinadas circunstancias, un crimen cuando llega indebidamente a oídos de quienes no están hechos ni predestinado para él. Lo que sirve de alimento o de tónico a una especie superior de hombres tiene que ser casi un veneno para una especie muy diferente de aquélla e inferior.

Asimismo, el conocimiento que arriba a oídos no preparados puede tener un valor inverso para el alma y para la salud de aquél que lo aplica y puede ser nefasto para toda la humanidad.

 

 

Bendice la copa que quiere desbordarse para que de ella fluya el agua de oro que lleva a todas partes el resplandor de sus delicias.

 

 

El hombre superior y la plebe.

En la vida coexisten dos tipos de hombre: el que forma la plebe y el hombre superior. Estos son diferentes como diferentes son la autenticidad y la mentira, la fuerza y la debilidad, el vigor y la enfermedad y la vida y la muerte.

 

El hombre superior.

Los hombres superiores son los que tienen que superarse siempre a sí mismo. Son los aristócratas del espíritu. Estirpe de hombres superiores, hombres con independencia y con mando, almas de elevado linaje. Hombres de conocimiento, sabios, honestos, verdaderamente piadosos y virtuosos. Espíritus libres, muy libres que poseen la fuerza y el placer de la voluntad, la voluntad de autodominio. Viven la espiritualidad más elevada y saborean los sentimientos de la gran autosuperación, del silencio y de la soledad. Desconfían por naturaleza de lo nuevo mientras respetan el antiguo conocimiento, la vieja tradición.

Para que el hombre superior exista son necesarios sufrimiento y muchas transformaciones, por ello deben tener una vida siempre peor y más dura. Sólo así crecen hasta aquella altura lejana, donde se encuentra aquel verano con fuentes frías y silencio bienaventurado, donde está su altura y su patria, un lugar demasiado alto y abrupto para la chusma.

Egoístas, en su egoísmo creadores, y lo hacen con la cautela y previsión de la embarazada. Creadores en su interior de un ser superior, de lo que nadie ha visto aún con sus ojos, el fruto, el hijo: eso es lo que su amor entero protege, cuida y alimenta.

Muchas amargas muertes tiene que haber en las vida de estos hombres superiores. Para ser el hijo que vuelve a nacer el creador mismo tiene que ser también la parturienta y los dolores de la parturienta. A través de cien almas han recorrido su camino, y a través de cien cunas y dolores de parto. Muchas son las veces que se han despedido, conocen todas las horas finales que desgarran el corazón.

El superhombre es el sentido de la tierra: permanecen fieles a la tierra y no creen a quien les habla de esperanzas sobreterrenales. Aprecian al cuerpo y aprecian la tierra, medios para la nueva creación.

Para hundirse en su ocaso y sacrificarse no buscan una razón detrás de las estrellas: sino que se sacrifican a la tierra para que ésta llegue alguna vez a ser del superhombre. Viven para conocer, y quieren conocer para   que alguna vez viva el superhombre. Y quieren así su propio ocaso.

Cogen su pesada carga y ascienden hasta la cumbre, hacia el desierto, para tentar al tentador. De sus pasiones surgen sus virtudes y alegrías, virtudes que terminarán con el hombre.

 

La plebe.

La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso.

El hombre común es algo así como un gusano y debe ser superado. Pobreza, suciedad y un lamentable bienestar definen al hombre común, moderación y mezquindad que claman al cielo. Es un montón de enfermedades que extiende por el mundo.

Siempre abandonan el trabajo que supone lograr conocimiento debido a lo arduo y frío que es: el hombre mediocre necesita calor. Son un rebaño sin pastor, pues aunque tenga pastor éste pertenece siempre al mismo rebaño. Son seres sin derecho a beber del conocimiento pues su maldad lo corrompe.

Ruina de hombre, pulgón inextinguible, hombre ruin, cómodo, tipo pequeño que todo lo empequeñece, fragmentos de hombre, hombres incompletos. Son espíritus estrechos, prisioneros, encadenados, rebaño. La plebe no sabe lo que es grande, lo que es pequeño, lo que es recto y honesto: ella es inocentemente torcida, ella miente siempre.

Cree que no existen el hombre superior, que ¡todos somos iguales!, que ante Dios todos somos iguales!

 

La muerte de Dios.

Pero Dios ha muerto. El hombre superior ha perdido la fe en un sentido de la vida trascendente y prefijado. Se han liquidado las creencias, los trasmundos inventados por el ideal como mentira fijadora. El hombre debe recuperar para sí su interior divino y alcanzar así el estado de hombre superior.

Debemos unificar nuestras propias fuerzas y poder afrontar la total y fría soledad que la muerte de Dios y la pérdida de refugio suponen.

 

La moral y la virtud.

El placer de ser rebaño es más antiguo que el placer de ser un yo: y mientras la buena conciencia se llame rebaño, sólo la mala conciencia dice: yo. El superhombre, con su espíritu y corazón libres, aparece como demencia. Primero toma sobre sí la pesada carga de la moral "corriente", después llega a un estado de crítica contra este "deber ser". Sólo así, después de la sumisión y del posterior "no" a ella, puede alcanzar el "sí" de la bella moral, rigurosa y estrictamente autónoma.

Cuando en el hombre empieza a despuntar un poco de luz ve que la moral y los valores que encuentra en la sociedad en que se desenvuelve se quedan limitados con respecto a su interior y es aquí cuando la debe desechar y crear unos nuevos valores y una nueva moral.

 

El bien y el mal.

Un bien y un mal que fuesen eternos e imperecederos no existen. Los hombres se han dado a sí mismos todo su bien y todo su mal. No los tomaron de otra parte, no los encontraron, éstos no cayeron sobre ellos como una voz del cielo. Para conservarse, el hombre empezó implantando valores en las cosas, -¡el fue el primero en crear un sentido a las cosas, un sentido humano! Por ello se llama "hombre", es decir: el que realiza valoraciones.

Valorar es crear. El valorar mismo es el tesoro y la joya de la vida. Sólo por el valorar existe el valor. Sin el valorar estaría vacía la nuez de la existencia.

El cambio de los valores es el cambio de los creadores. Siempre aniquila el que tiene que ser un creador. Una violencia surge de los nuevos valores, y una nueva superación: al chocar con ella se rompen el huevo y la cáscara de lo caduco y lo viejo.

Así, quien tiene que ser un creador del bien y del mal tiene que ser antes un aniquilador y quebrantador de valores. ¡Y que caiga hecho pedazos todo lo que en nuestras verdades pueda caer hecho pedazos! ¡Hay muchas casas que construir todavía!

Y es, desde esta creación de nuevos valores que surgen un nuevo bien y un nuevo mal.

 

La Voluntad de poder.

El fundamento de un hombre superior es la voluntad de poder, la voluntad incondicional de poder. Éste lleva en su interior esa voluntad de poder, poder que le permite obrar según las circunstancias, poder que hace que nazca en su interior la virtud (prudencia, fortaleza, valor, compasión...) y no le deja amilanar por adversas que sean las circunstancias exteriores.

La voluntad de poder la vive por ese talante varonil, firme, "militar", caballeroso, aristocrático,  que da belleza al hombre, que le eleva al nivel donde moran los dioses.

 

A partir de aquí vamos a conocer los fundamentos que nos ayudarán a vivir desde el vacío, sin asidero firme, sin refugio. Pero nos lo querrá impedir nuestra cobardía: ella no quiere que nos coloquemos en la fría intemperie. Si no tenemos oídos para oír este mensaje seremos los más despreciables de la creación porque preferimos el pequeño placer de los valles al viento helado de las montañas.