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conversaciones triviales

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Last Updated: 4/13/2009

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Monday, July 03, 2006 
Publicar aqui omitiendo signos ortograficos me parece una tonteria, luego incluirlos mediante codigo es una molestia, por lo tanto decidi dejar de hacerlo y regresar al refugio principal.

Quienes gusten pasar ocasionalmente por alla, seran bien recibidos, al resto buena suerte.



(escrito sin acentos deliberadamente)
Sunday, July 02, 2006 
...cerré los ojos. Frente a los desconocidos suelo quedarme sin habla, pocas veces sé qué decir. He vencido ese temor en un par de ocasiones, tal vez más, no estoy seguro. No estoy seguro de nada. X. —en un sábado que pertenece al recuerdo— preguntó si tenía alguna razón para seguir viviendo. Le respondí que tampoco tenía una razón para dejar de respirar y caminamos en silencio durante dos horas.

Debajo del árbol se filtraban gotas y luces, las primeras, impacibles, eran cada vez más pesadas. Las segundas, tímidas, proyectaban en el suelo sombras espantosas que me devolvieron a otro periodo de mi niñez.

—X. —dije— espera un poco, mira esto —señalé las figuras. Ella regresó cantando.
—¿Qué es? —Preguntó.
—Sombras —respondí—, horribles sombras.
—¿Qué tienen de horribles? No les noto nada particular.
—Exacto.

Olvidé lo que quería explicarle, la caminata continuó y evité su mirada.
Saturday, July 01, 2006 
Existen calles que me desagradan tanto que parecen tener vida. Al transitarlas su respiración se acentúa, cada paso parece ser el último y también el primero. Es una lenta procesión hacia la nada. La lluvia suele atenuar estas complicaciones. Hoy no sucede ningún acontecimiento extraordinario, sólo llueve.

–¿Recuerdas la última vez que la lluvia te empapó por completo? –Pregunta X. levantando su rostro para que las gotas la acaricien.
–No. Tal vez fue cuando tenía siete u ocho años.
–¿Te atrapó fuera de casa?
–No, comenzó y salí a sentarme junto a un árbol. Mi madre se alteró tanto que me encerró en mi habitación una semana.
–Qué susceptible.
–Y la paranoia resultó hereditaria.
–El riesgo de que un rayo te parta la cabeza debajo de un árbol es alto, pero, a fin de cuentas, sólo una posibilidad y, como tal, no entiendo por qué alguien habría de darle tanta importancia. Dime, ¿esperabas morir?
–No, sólo quería observar. Me gusta la lluvia, no esa lateral que entra por las ventanas y arruina hogares o aparatos, sino esa que cae como millones de agujas que se destruyen al tocar la tierra. Es fantástica.
–¿Y qué con el aglomeramiento de ellas que produce pequeños estanques por todas partes?
–Cuando niño, siempre trataba de sumergirme en ellos y, aunque ninguno llegaba más allá de mis rodillas, no desaprovechaba la oportunidad de saltar al tropezarme con alguno.
–En mi niñez era prisionera de mis padres, pasé mucho tiempo enferma, por esta razón se me prohibía salir a correr desnuda por las calles sintiendo el abrazo helado del llanto de Dios, como solía llamar mi madre a este fenómeno natural, sólo podía verla a través de una ventana y, cuando mucho, salir cuando pasaba la catástrofe a depositar barcos de papel en los pequeños riachuelos que nunca supe hacia dónde iban.
–Siempre me gustó imaginar que terminaban en el mar, y que esos barcos de papel sobrevivían y algún hombre solo en una isla desierta los encontraba, por eso siempre les escribía mensajes, quería que ese extraño y tal vez inexistente hombre fuera feliz al encontrar unas palabras agradables.
–¿Qué escribías?
–Trivialidades de niño idiota: "hoy he comido el postre antes que el desayuno", "encontré un ave herida que ahora canta en el jardín", "el mundo es perfecto", "mi madre se ha casado y es feliz", "tuve el sueño más fantástico de todos: podía volar e irme a cualquier lugar, hoy lo intentaré".
–Esperanzas vanas, tontas ilusiones.
–¿Se puede esperar algo más de un niño? ¿Acaso hay alguien capaz de eludir sus fantasías?

X. no contestó, comenzó a correr, reía a carcajadas, giraba y saltaba por todas partes. Caminé más despacio, atrasándome con disimulo hasta que me detuve junto a un árbol y volteé hacia arriba...
Friday, June 30, 2006 
El cenicero estaba lleno. Era como una ciudad en ruinas, devastada, humeante y poco colorida. Salimos del lugar en busca de una tienda.

—¿Cuál es tu libro favorito? —Preguntó X.
—No estoy seguro. Creo que La náusea, aunque me deprime un poco leerlo, esa sensación de que va a terminar es frustrante. Acaba demasiado pronto.
—¿El libro o la frustración?
—Lo primero.
—Tus gustos, a pesar del tiempo, no se han modificado.
—Lo han hecho, pero poco... ¿Aún prefieres a Poe en vez de King?
—Siempre. King es divertido, Poe es genial.
—Cierto, además, de sus trabajos se ha hecho música, no sólo películas. Aunque ni lo uno ni lo otro son tan comerciales.
—¿Seguro que no lo estás confundiendo con Blake?
—Es probable, quizás hasta me refiero a Lovecraft, acostumbro confundir a la gente.
—Es culpa de tus pláticas inconexas, comienzas hablando de sandías y terminas con Van Gogh sin que nadie se dé cuenta de cómo pasó eso.
—Quise decir que suelo pensar que cierto personaje o persona es otro u otra totalmente distinto/a.
—Lo sé, sólo quería molestar un poco.
—Recuerdo que había un escritor que temía ser descubierto, por eso cada que escribía algo firmaba con el nombre de su mejor amigo que murió en un accidente que el escritor provocó.
—¿Y se volvió famoso con el nombre de su amigo y nadie se lo reconoció jamás?
—No, era bastante malo, lo suyo eran las ecuaciones cuadráticas.
—¿Sabes cuál es la peor parte de buscar un lugar?
—No encontrarlo.
—No. Encontrar el peor —dijo señalando la entrada de un húmedo corredor.

Un letrero con faltas ortográficas anunciaba que al final de un estrecho callejón estaba una tienda. Compramos provisiones y huímos hacia cualquier sitio sin preocuparnos por la lluvia que comenzaba a caer.
Thursday, June 29, 2006 
El humo del cigarrillo siempre ha sido una molestia, incluso cuando soy yo quien lo provoca. El café lo prefiero sin humo, a veces frío, siempre sin azúcar. X. dejó de fumar hace varios meses, su padre murió de cáncer o cirrosis, no estoy seguro pero la hizo odiar el tabaco y el alcohol. Tampoco es que me preocupe demasiado. X. y yo llevamos más de un año frecuentándonos, bebemos café, fumo, hablamos. La misma rutina todas las mañanas. A veces me pregunto si esto realmente tiene algún significado o es que tratamos de ocultar algo.

El mesero se acerca a servir la segunda taza de café, usualmente son tres por un solo precio. Llena la mía, X. le indica que se aleje, los tipos de negro ya se han ido y nosotros iniciamos una nueva conversación.

—No sé qué sucede con mi carácter o esta tendencia de terminar con desconocidas en mi cama. Es como una obsesión y no siempre resulta agradable.
—No es acerca de lo agradable que resulte, sino de la oportunidad.
—¿Oportunidad? Quizá, pero ¿a quién le gusta despertar con una psicópata que te corta el cabello por la noche y lo esparce por toda la cama?
—Yo prefiero a los que hacen heridas.
—Claro, una herida, cuando deja huella, es insustituible... a veces, también, volátil.
—¿Cómo era aquella frase de tu adorado Indovina?
A lifetime of hell for every minute of heaven.
—Oh, sí... a veces vale la pena.
—No me agradan demasiado los recuerdos, y, en numerosas ocasiones, eso es lo único que queda.
—Son una molestia... como los que cantan en idiomas que desconocen.
—¡Bah! Te he visto hacer eso miles de veces.
—No puedo evitarlo.
—No tienes por qué hacerlo.

El tabaco se había terminado y en la cafetería sólo quedaban dos personas además de nosotros.
Wednesday, June 28, 2006 
...y ahora entran dos sujetos tomándose del brazo a recitar sandeces, mientras tanto me convierto en el interlocutor y le cuento a X. un pequeño secreto.

—Siempre recuerdo aquella película china, en especial la parte del chico que no habla. No lo sé, me agrada la relación que tiene con su padre, porque incluso cuando éste siempre aparenta frialdad, en el fondo lo quiere más que a nadie.
—¿Qué tiene eso de especial? Los padres suelen ser así.
—Sí, es verdad, de hecho creo que eso es lo que me agrada, lo común de los casos. Aunque no del todo, es decir, no cualquiera trabaja de asesino y es feliz dejando que los demás tomen decisiones por él, pero supongo que la gran diferencia es aceptarlo, saber que se deja elegir a otros y estar de acuerdo con ello sin descartar la posibilidad de algún día ser capaz de elegir por uno mismo.
—¡Qué estupidez!
—La vida misma es una estupidez y muchos lo olvidan con los años.
—Yo no lo he olvidado, por eso creo en la autodestrucción.
—Autodestrucción... una palabra cautivadora... incitante.
—¿Y el chico mudo es asesino?
—No, ese es otro personaje, el silencioso es cocinero.
—Espera. ¿Adónde vamos con todo esto?
—A que esa mezcla entre film noir y asian style la hacen tan degustable que sólo me atrevo a verla cada diciembre, tú sabes, la nostalgia.
—¿Eso es todo?
—Y que al final siempre vuelvo a pensar que Wong Kar Wai es un genio.
—Estoy de acuerdo con eso.

Ninguno de los dos le prestó atención a lo que parloteaban con tanto ahínco los sujetos de negro. Supongo que eran idioteces, cualquier estupidez, con una voz interesante y el tono adecuado, parece inteligente. A nosotros nos absorbía por completo nuestra plática, sin embargo guardamos silencio un momento, X. bebía de su café y yo encendía un cigarrillo mientras trataba de recordar algunos fragmentos del diálogo de esa película.

Y helos aquí:

Del asesino:

—Hace varios años pague a una mujer 30 dólares por posar conmigo en una foto. Siempre que la gente me pregunta les digo que es mi esposa.
—¿Y el niño de la foto?
—Creo que le compré un helado.


Del chico mudo:

Soy una persona muy feliz. Cuando era pequeño era muy hablador. Pero desde que comí una lata de piña caducada cuando tenía cinco años perdí la voz. Es por eso por lo que tengo pocos amigos...

...me encanta el helado. Cuando era niño la furgoneta de los helados siempre paraba delante de nuestra casa. Cada vez que la veía, era feliz. Incluso le pregunte a mi padre porque él no conducía una furgoneta de helados. Nunca me respondió. Más tarde descubrí que a mi madre la mató una furgoneta de los helados. Nací en Taiwán y llegué con mi padre a Hong Kong cuando tenía cinco años. Él trabajaba como ayudante en Chungking Mansions. Después de la muerte de mi madre, rara vez hablaba. Y nunca comíamos helado. El hecho de que ambos fuéramos tan callados probablemente explica lo unidos que estamos.
Wednesday, June 28, 2006 
X., apelando a su característica antipatía, comienza a hacer preguntas mientras gira con su cuchara el frío café que le sirvieron hace media hora.

—¿Qué sucedió con las fotografías? —Pregunta sin levantar la mirada.
—Desaparecieron —respondo con indiferencia.
—¿Te cansaste de ellas?
—Ellas se cansaron de mí.
—Esa sensación de cansancio aparece en todos, objetos, personas, animales... en algún momento.
—Sí, claro. Es inevitable, como morir o sacarse los ojos.
—¿Qué problema tienes con los ojos de las personas?
—Me parecen horripilantes.
—¿Por qué?
—No lo sé, parece que siempre están al acecho, listos para atacar a quien les ponga demasiada atención.
—¿Y por eso los evitas siempre que puedes?
—Por eso y porque no me gusta sentirme atrapado.

La conversación se corta de manera abrupta cuando cae en algún lugar una pieza de pan y se abre la puerta principal del local...